Un reciente informe del Banco Mundial revela una alarmante desaceleración de la economía global, proyectando un ritmo de crecimiento no visto desde antes de la crisis financiera de 2008. Este declive se atribuye principalmente a una combinación de barreras arancelarias, notablemente aquellas impulsadas por Estados Unidos, y una persistente incertidumbre económica a nivel mundial. Las previsiones de crecimiento para 2025 han sido revisadas a la baja para casi el 70% de las economías, incluyendo potencias como Estados Unidos y Europa.
Las implicaciones de esta desaceleración son particularmente graves para las naciones más vulnerables. Se anticipa que las economías en desarrollo, excluyendo a China, podrían tardar hasta dos décadas en recuperar los niveles económicos previos a la pandemia. La proyección de crecimiento de la producción global para 2027 es la más lenta en décadas, mientras que la inflación elevada persistirá hasta 2025, exacerbada por las restricciones comerciales y la rigidez del mercado laboral. El comercio global de bienes y servicios también muestra un crecimiento mínimo, impactando negativamente a los países dependientes de las exportaciones de recursos naturales.
Aunque el panorama presentado por el Banco Mundial es sombrío, el análisis también sugiere la capacidad de resiliencia de las economías. Las medidas proactivas de gobiernos y bancos centrales, junto con el potencial de la innovación tecnológica, podrían ser motores para un nuevo crecimiento. Si bien el informe ofrece una evaluación realista de los desafíos actuales, es crucial evitar el fatalismo, reconociendo que la historia demuestra la aparición de oportunidades y la recuperación incluso en tiempos difíciles.



