Las empresas en Estados Unidos están transfiriendo una parte significativa de sus mayores costos a los consumidores, una tendencia que se intensifica a medida que la política de aranceles impulsada por Donald Trump continúa ejerciendo presión sobre las cadenas de suministro. Este fenómeno contribuye directamente a la inflación, impactando el poder adquisitivo de los hogares y generando una alerta económica a nivel nacional.
La imposición de aranceles sobre bienes y componentes importados eleva los costos de producción para las empresas estadounidenses. Ante la necesidad de mantener sus márgenes de ganancia, muchas optan por repercutir estos sobrecostos en los precios finales de sus productos y servicios. Esta práctica afecta a una amplia gama de bienes, desde productos manufacturados hasta alimentos, lo que hace que la vida diaria sea más cara para el consumidor promedio.
La relación entre los aranceles y la inflación es directa y ha sido motivo de debate entre economistas. Si bien los aranceles buscan proteger la industria nacional, sus efectos colaterales pueden incluir el encarecimiento de los bienes para el mercado interno y la reducción del consumo. La reactivación de una política arancelaria agresiva por parte de una posible futura administración Trump representa un factor de riesgo para la estabilidad de precios y para el bolsillo de los ciudadanos, sugiriendo que la «protección» podría venir con un costo inflacionario significativo.



