Un potente terremoto de magnitud 8.8 en el Pacífico, con epicentro cerca de la península rusa de Kamchatka, ha desencadenado alertas de tsunami para extensas zonas costeras de Japón, Rusia y territorios de Estados Unidos como Hawái, Alaska y Guam. Aunque los informes iniciales hablan de olas de entre 3 y 4 metros en algunas costas rusas y 30 cm en Japón, la magnitud del sismo y la extensión de las alertas han puesto a las economías regionales en estado de máxima cautela ante un posible impacto devastador.
El riesgo económico es significativo si la situación empeora. Las zonas costeras de estos países, altamente desarrolladas, dependen de sectores como la pesca, el turismo, el transporte marítimo y la industria. Un tsunami de mayor escala podría paralizar puertos, destruir infraestructura vital y afectar severamente la producción local, generando pérdidas multimillonarias. Experiencias pasadas, como el tsunami de Indonesia en 2018 con daños estimados en $910 millones, o las pérdidas globales de $280 mil millones por tsunamis entre 1998 y 2017, ilustran la fragilidad económica ante estos fenómenos.
La evacuación de trabajadores de centrales nucleares en Fukushima Daiichi y Daini en Japón, aunque preventiva, subraya la vulnerabilidad de infraestructuras críticas que, de sufrir daños, tendrían un impacto económico y ambiental catastrófico. La interrupción de las cadenas de suministro y el efecto en la confianza de los inversores serían inmediatos. Es crucial que los sistemas de alerta temprana y la preparación de las comunidades sean robustos para mitigar el impacto económico de esta amenaza natural y asegurar una rápida recuperación.



