Hay algo que me parece casi hipnótico y reconfortante en ver la lluvia caer desde la ventana. La danza tranquila de las gotas en el cristal, el sonido del agua al golpear el suelo, el olor a tierra mojada. Por un momento, todo parece calmarse. El ritmo acelerado de nuestra ciudad se interrumpe y descansa.
Pero esa lluvia, que por naturaleza debería ser alivio, termina mostrando una ciudad evidenciada por su descuido. Lo que ignoramos día tras día se vuelve evidente: nuestra prisa, indiferencia y falta de respeto hacia la naturaleza, la comunidad, nuestros vecinos y, sin duda, hacia nosotros mismos.
Bolsas, botellas y envolturas se acumulan en los bordes de las banquetas. Las coladeras se desbordan. La ciudad está sucia, colapsada. Y la calma que sentía se rompe, dando paso a una inquietud urgente.
En tiempos antiguos, la Ciudad de México estaba cubierta por lagos. Hoy, esos cuerpos de agua son asfalto, concreto y una ciudad que se alza sobre sus recuerdos. Pero la lógica geográfica sigue vigente: si llueve mucho, el agua no fluye… se acumula, se estanca y nos recuerda que esta ciudad no olvida su pasado, aunque trate de ocultarlo bajo el concreto. Esto ya es un gran reto. Pero se vuelve más grave cuando a esta condición natural sumamos nuestros malos hábitos urbanos.
La basura ha sido la principal causa de las inundaciones en la Ciudad de México. El Sistema de Aguas de la Ciudad asegura que el 80% de los encharcamientos e inundaciones estaban directamente relacionadas con la basura. No con tormentas fuera de lo común. No con fenómenos naturales. Con basura. Con nuestra decisión diaria de no respetar nuestro entorno.
Administración tras administración, la historia se repite. Cambian los gobernantes, pero el panorama sigue igual: calles convertidas en ríos, autos varados, estaciones de metro cerradas, casas inundadas y familias que lo pierden todo.
No es raro verlo. Lo raro es que ya no nos sorprenda. Hemos normalizado vivir entre basura. Lo que debería alarmarnos, se volvió paisaje cotidiano.
Y no es que no queramos vivir en una ciudad limpia. Todos y todas lo deseamos. Lo que olvidamos es que vivir en un lugar limpio requiere respeto y disciplina; un hábito civil que demanda compromiso diario y pequeñas acciones constantes que, sumadas, hacen la diferencia.
Una ciudad limpia es más que estética: es salud, seguridad, movilidad, dignidad. Es sentir que el espacio público nos pertenece y que todos debemos cuidarlo. Pero eso empieza por lo mínimo: no tirar basura, recogerla, no ignorarla.
Sí, necesitamos infraestructura adecuada, políticas públicas bien diseñadas, camiones que recojan la basura a tiempo, programas de educación ambiental efectivos, multas aplicadas con rigor y políticos comprometidos. Pero, sobre todo, necesitamos voluntad ciudadana. Porque hay cosas que simplemente no requieren presupuesto, solo decisión personal.
Culpar al gobierno se ha vuelto cotidiano. Decimos “así es México” o “uno solo no cambia nada”. Pero la basura es un ejemplo de que sí se puede cambiar. Cuando alguien decide no tirar esa botella, esa botella no llega a la coladera. Cuando alguien enseña a su hijo o hija a guardar la basura hasta encontrar un bote, planta una semilla que sí hará la diferencia.
Y cuando muchas personas hacen eso mismo, la ciudad cambia. No de golpe. No con discursos. Pero sí con constancia.
No podemos evitar que llueva ni cambiar la geografía. Pero sí podemos elegir cómo respondemos a cada tormenta, qué dejamos a nuestro paso y qué historia queremos que cuente la ciudad cuando vuelva a salir el sol. Yo sueño con una ciudad limpia y viva, donde recibamos la lluvia con alegría y cuidado. La transformación comienza con nosotros, construyendo una historia de respeto y de esperanza.



