La deuda del sector privado en Argentina está alcanzando niveles críticos. Los saldos deudores de tarjetas de crédito y préstamos personales se han disparado, y los préstamos a empresas han aumentado exponencialmente en términos nominales. A pesar de que la deuda bancaria ha crecido menos que la inflación interanual, el panorama es preocupante. La razón es que, ante la constante pérdida del poder adquisitivo debido a una inflación galopante, las familias y empresas han recurrido a la deuda para cubrir sus gastos diarios y operativos, en lugar de financiar inversiones productivas.
El problema de fondo es estructural y no se limita a cifras. Las elevadas tasas de interés, que superan ampliamente la inflación, convierten la deuda en un círculo vicioso de difícil salida. En este contexto, el crédito deja de ser una herramienta de progreso y se convierte en una soga al cuello para una economía ya asfixiada por la incertidumbre. El sobreendeudamiento no solo pone en riesgo la estabilidad financiera de los hogares y las empresas, sino que también amenaza el consumo y la inversión, pilares de la economía, en un ciclo que parece no tener fin.
La situación es una bomba de tiempo. El aumento de la deuda no es un signo de confianza, sino una respuesta desesperada de un sector que se está quedando sin alternativas. A menos que se resuelvan las causas de la inflación y se establezcan políticas que promuevan la inversión genuina, este mapa de endeudamiento seguirá siendo un reflejo alarmante de la profunda fragilidad económica del país.



