La crisis mundial del agua ha dejado de ser un problema exclusivamente ambiental para convertirse en una amenaza económica de primera magnitud. Según proyecciones del Banco Mundial, la escasez y la mala gestión del agua podrían provocar pérdidas de hasta el 6% del Producto Interno Bruto (PIB) en regiones como Oriente Medio, el Sahel africano y Asia Central para el año 2050. Esta amenaza se extiende más allá de los países de bajos ingresos y pone en riesgo la estabilidad global, ya que los choques hídricos afectan directamente a sectores económicos vitales, como la agricultura y la producción de energía.
El desafío de la escasez ha provocado un debate sobre la necesidad de una nueva economía del agua. Los expertos argumentan que es esencial dejar de tratar el agua como una mercancía para invertir en su gestión como un bien común global. Hay una clara justificación económica para el cambio: se estima que cada dólar invertido en infraestructura y saneamiento resilientes al clima puede generar un retorno de siete dólares, lo que convierte la solución en una oportunidad de inversión lucrativa.
La transición hacia una gestión más eficiente requiere una inversión masiva, estimada en billones de dólares. El reto no solo es financiero, sino también de gobernanza y tecnología. El mundo debe movilizar capital a una escala sin precedentes para desarrollar soluciones a largo plazo. La crisis del agua no es solo un problema de medio ambiente; es un problema económico que exige una respuesta coordinada y basada en la inversión.



