Brasil, la décima economía más grande del mundo, enfrenta una encrucijada demográfica que amenaza su estabilidad económica a largo plazo. El país está envejeciendo a un ritmo acelerado, un fenómeno que se está produciendo antes de alcanzar un estatus de país de altos ingresos. La tasa de fecundidad ha caído a 1.57 hijos por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo de 2.1, y se prevé que la población dejará de crecer en 2041, lo que tendrá graves consecuencias para su futuro.
Este cambio demográfico plantea una serie de desafíos económicos. El principal es la reducción de la fuerza laboral, lo que a su vez contrae la capacidad productiva del país y, con ella, el crecimiento económico. Al mismo tiempo, el envejecimiento de la población ejerce una presión sin precedentes sobre las finanzas públicas, especialmente en los sistemas de pensiones y de salud, que se verán obligados a soportar una población dependiente cada vez mayor con una base de contribuyentes cada vez más reducida.
Los expertos, incluyendo a organismos internacionales como el Banco Mundial, han advertido de que, sin reformas estructurales urgentes, Brasil podría perder el dinamismo que lo caracteriza. Las políticas públicas deben enfocarse en mejorar la productividad, fortalecer el entorno empresarial, fomentar la innovación y abrir el comercio internacional. El desafío de Brasil es cómo gestionar esta transición demográfica para evitar que su éxito económico se estanque.



