La economía china demostró una resiliencia inesperada en el tercer trimestre de 2025, al registrar un crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) del 4.8% interanual. Esta cifra superó las previsiones de consenso (4.7%) y los modelos de análisis de entidades como CaixaBank Research (4.5%), aunque implicó una ligera desaceleración respecto al 5.2% del trimestre anterior.
El crecimiento, sin embargo, se percibe como frágil y desequilibrado. Los datos de la Oficina Nacional de Estadística (ONE) sugieren que la expansión fue impulsada principalmente por la producción industrial, mientras que el consumo interno sigue siendo el principal obstáculo. Las ventas minoristas han mostrado una recuperación lenta, reflejando una baja confianza de los hogares chinos ante la incertidumbre económica.
Desde un punto de vista crítico, el gobierno de Beijing tiene el reto de reactivar la demanda interna y gestionar los riesgos persistentes. El sector inmobiliario, que ha sido un motor de crecimiento en el pasado, sigue en crisis y pesa sobre la economía. A esto se suma la escalada de la guerra comercial con Estados Unidos, donde la amenaza de aranceles del 100% a las importaciones chinas pone en riesgo las exportaciones, clave para el dinamismo de China.
Ante el incumplimiento de su meta de crecimiento anual (fijada en torno al 5.0%), se espera que el Banco Central de China intensifique los estímulos, incluyendo posibles recortes en las tasas de interés y un relajamiento en los requisitos de reserva. Este ajuste fiscal y monetario busca mantener la estabilidad y compensar la debilidad del consumo privado, consolidando un modelo que prioriza la producción a la espera de un mejor entorno global.



