El actor Dick Van Dyke, uno de los rostros más reconocibles del cine y la televisión estadounidenses, cumplió 100 años el pasado 13 de diciembre, alcanzando una edad simbólica sin abandonar ni el gimnasio ni la pista de baile. Su figura trasciende el recuerdo entrañable del deshollinador en Mary Poppins (1964): su trayectoria revela a un intérprete completo, capaz de cantar, bailar y moverse con solvencia entre la comedia y el drama, tanto en cine como en televisión.
A lo largo de su carrera, Van Dyke ha sido reconocido con seis premios Emmy, tres de ellos consecutivos entre 1964 y 1966 por The Dick Van Dyke Show, además de un premio Grammy en 1965 por su participación en Mary Poppins. En 2024, la banda Coldplay le rindió homenaje incluyéndolo en el video musical de la canción All My Love, un gesto que subraya su vigencia cultural ante nuevas generaciones.
El valor simbólico de su centenario no se limita al ámbito artístico. Van Dyke se ha convertido en un referente de longevidad activa. Según ha contado en entrevistas, mantiene una rutina estricta: acude al menos tres veces por semana al gimnasio durante una hora, donde combina ejercicios de fuerza, abdominales, estiramientos y posturas de yoga. Quienes lo han observado describen cómo intercala pasos de baile entre máquinas de pesas, trasladando al entrenamiento la energía lúdica que definió muchos de sus personajes.
Su disciplina se extiende al hogar: utiliza la piscina para nadar con regularidad y realiza ejercicios de movilidad articular y equilibrio, adaptando el esfuerzo a sus posibilidades, priorizando la continuidad y el disfrute sobre la exigencia extrema. En lo cotidiano, inicia el día con estiramientos suaves, desayunos sencillos con fruta fresca y una alimentación sin excesos.
El actor subraya también el cuidado de la mente. Dedica tiempo a leer, resolver juegos mentales y seguir la actualidad, convencido de que la curiosidad permanente es clave para desafiar el paso del tiempo. “Me siento muy bien a los 100 años… me siento como si tuviera 15”, ha afirmado, reforzando la idea de que su vitalidad combina hábitos físicos, estimulación intelectual y actitud positiva.
La dimensión afectiva ocupa un lugar central en su relato de vida. Van Dyke atribuye buena parte de su energía a la gestión emocional y a un entorno amoroso. Procura evitar la ira y el resentimiento, convencido de que “la ira carcome a la gente por dentro”, y sostiene que mantenerse lejos del odio ha sido una de las razones que lo han hecho “seguir adelante”. Compartir tiempo con su esposa, nietos y bisnietos forma parte de esa ecuación: organiza actividades en el jardín, enseña pasos de baile y planea incluso instalar una tirolesa para propiciar encuentros familiares.
En el plano cultural, su centenario refuerza la imagen de Van Dyke como puente entre distintas épocas del entretenimiento estadounidense: de la televisión en blanco y negro y los grandes musicales de estudio, a los videoclips de bandas contemporáneas y la cultura digital. La publicación de su libro 100 Rules for Living to 100, donde reúne anécdotas, consejos y reflexiones, consolida ese rol de figura que no solo ha acompañado la historia reciente del espectáculo, sino que también propone una mirada sobre cómo transitarla con humor, disciplina y un fuerte anclaje en los vínculos personales.



