México llega a 2026 con una paradoja que ya no admite paños tibios: conviven el exceso de calorías con la falta de nutrientes. En adultos, cuatro de cada diez presentan sobrepeso y tres de cada diez obesidad; en adolescentes, tres de cada diez viven con sobrepeso y dos de cada diez con obesidad. En edad escolar, el dato es igual de contundente: dos de cada diez niñas y niños tienen sobrepeso y dos de cada diez obesidad. A la vez, persisten problemas como anemia y otras deficiencias de vitaminas y minerales, sobre todo en población infantil y grupos vulnerables.
En ese contexto se empujan las Guías Alimentarias Saludables y Sostenibles 2025-2030, pensadas como una herramienta práctica: no solo para decidir qué comer, sino para orientar políticas públicas y programas de alimentación, salud, educación y protección social. La apuesta es doble: mejorar la salud sin cargarle la factura al planeta. Y hay un punto que vuelve el mensaje más aterrizable: seguir el patrón sugerido puede resultar casi 30% más económico que la dieta que suele consumirse en el país, en buena medida por el énfasis en alimentos frescos, de temporada, de producción local cuando sea posible, y por reducir carnes rojas y ultraprocesados.
El giro “sostenible” no es accesorio. Se plantea que el sistema alimentario aporta alrededor de un tercio de las emisiones de gases de efecto invernadero y que la elección de alimentos impacta el uso de agua, suelo, residuos y contaminación. En ese marco, el documento pone el foco en decisiones cotidianas con efectos acumulados: más alimentos de origen vegetal y menos productos con empaques y procesos intensivos.
Las 10 recomendaciones, traducidas a decisiones de casa y escuela
- Priorizar verduras y frutas frescas en todas las comidas, preferentemente de temporada y, cuando sea posible, locales.
- Incluir más leguminosas a diario (frijoles, lentejas, habas o garbanzos) por practicidad, costo y aporte de proteína y fibra.
- Elegir cereales integrales o de grano entero y tubérculos como base energética.
- Reducir carne de res y evitar carnes procesadas; mover el centro del plato hacia opciones vegetales.
- Evitar ultraprocesados (embutidos, frituras, galletas, pan dulce, cereales de caja y bebidas endulzadas) y usar los sellos de advertencia para elegir productos con menos “nutrientes críticos” (azúcares añadidos, grasas saturadas/trans y sodio).
- Tomar agua natural como bebida cotidiana y desplazar refrescos, jugos y otras bebidas azucaradas.
- Evitar alcohol por bienestar físico, mental y familiar.
- Hacer más actividad física y reducir tiempo sentado o frente a pantallas.
- Comer en familia o en compañía cuando sea posible y compartir tareas de planeación y preparación.
- En la primera infancia, reforzar la lactancia materna exclusiva los primeros seis meses y continuar con alimentación complementaria variada.
La urgencia se vuelve más clara cuando se aterriza en hábitos específicos: el consumo de bebidas azucaradas se estima en alrededor de 163 litros por persona al año, es decir, cerca de medio litro al día. En paralelo, se advierte un patrón creciente de ultraprocesados: niñas, niños y adolescentes consumen botanas, dulces, postres y cereales dulces por lo menos tres días a la semana, y el país aparece con niveles muy altos de consumo de estos productos en la región y a escala global. El reto, por tanto, no es solo “comer mejor”, sino cambiar el entorno: lo que se compra, lo que se ofrece en casa y escuela, y lo que se normaliza como comida diaria.



