Donald Trump recibió en la Casa Blanca, en un encuentro privado, a la líder opositora venezolana María Corina Machado, en una señal política cargada de simbolismo… pero también de ambigüedad estratégica. La reunión se da en un momento en que Estados Unidos, tras la captura y traslado a su territorio del ahora depuesto Nicolás Maduro y su esposa, está reacomodando piezas con una lógica doble: respaldo retórico a la oposición y, al mismo tiempo, construcción de canales de negociación con el poder efectivo en Caracas.
Machado llegó poco antes del mediodía y fue conducida a un almuerzo sin declaraciones públicas. Tras salir, calificó el encuentro como “excelente” y se limitó a decir a simpatizantes que cuentan con Trump “para la libertad de Venezuela”. Desde la Casa Blanca, el tono fue medido: la vocera presidencial subrayó que Trump buscaba una conversación “positiva” con una figura “valiente”, pero sin adelantar compromisos concretos sobre la ruta política venezolana.
Diplomacia de dos carriles
La clave está en el contexto: Trump viene de hablar por teléfono con Delcy Rodríguez —quien encabeza el gobierno interino tras la caída de Maduro— y, públicamente, la describió como una líder “formidable”. En otras palabras, Washington abre espacio a la oposición, pero mantiene una interlocución práctica con quienes controlan el aparato estatal y los temas sensibles: energía, minerales, comercio y seguridad.
Petróleo: el negocio que no espera
El dato que revela el calibre del momento es financiero y geopolítico. Estados Unidos confirmó una primera venta de crudo venezolano decomisado por un valor de 500 millones de dólares; esos recursos quedarán en cuentas controladas por el Departamento del Tesoro. Además, el gobierno anunció la incautación en el Caribe de un sexto petrolero sometido a sanciones. El mensaje es claro: presión e incentivos al mismo tiempo, con el petróleo como instrumento central.
En paralelo, Trump y su equipo esperan colaboración de multinacionales, aunque éstas piden claridad legal y política. En ese terreno, el encuentro con Machado suma presión moral y narrativa, pero no resuelve la pregunta principal: ¿quién conducirá la transición y bajo qué reglas? Por ahora, Estados Unidos juega en ambos frentes: legitimidad opositora hacia afuera y gobernabilidad operativa hacia adentro.



