En su intervención en el Foro Económico Mundial de Davos, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, colocó el debate en un terreno incómodo para Europa: el de un orden internacional que, a su juicio, está dejando de funcionar con reglas previsibles. Su diagnóstico fue directo: el mundo se aproxima a una etapa “sin reglas”, donde el derecho internacional se debilita y la “ley del más fuerte” gana espacio. En ese marco, llamó a la Unión Europea (UE) a abandonar la reacción pasiva y a usar, si es necesario, las herramientas comerciales y políticas con las que ya cuenta.
El mensaje llegó en un contexto de tensión con Washington por amenazas de aranceles y presiones ligadas a Groenlandia. Sin mencionar por nombre a Donald Trump, Macron respondió a lo que describió como una competencia estadounidense que busca “debilitar y subordinar a Europa” mediante exigencias de concesiones máximas y medidas comerciales que calificó como inaceptables. En particular, cuestionó el uso de aranceles como palanca para obtener ventajas territoriales y advirtió que aceptar esa lógica conduciría al “vasallaje” europeo.
Para enfrentar ese escenario, Macron pidió a la UE considerar el uso del mecanismo anticoerción, conocido como la “bazuca comercial”, aprobado a finales de 2023 y que, hasta ahora, no se ha utilizado. Su planteamiento fue que Europa tiene instrumentos “muy poderosos” y que debe activarlos cuando “no se nos respeta” y cuando “no se respetan las reglas del juego”.
Entre los puntos que enmarcan la escalada, Macron habló de amenazas arancelarias específicas: se mencionó la posibilidad de aranceles adicionales de 10% a países europeos que participen en maniobras militares vinculadas a Groenlandia (se citan Dinamarca, Finlandia, Francia, Alemania, Países Bajos y Suecia, además de Noruega y el Reino Unido), así como aranceles de 200% sobre vinos y champanes franceses. También se alude a la publicación de mensajes privados del presidente francés, descrita como una ruptura inusual de la discreción diplomática.
En paralelo, Macron reforzó el componente geopolítico: señaló que con Groenlandia “no se ha amenazado a nadie” y que Francia y Europa respaldan a un aliado, Dinamarca. En su agenda para 2026, además, ubicó retos de seguridad como el rearme, el apoyo continuado a Ucrania y la decisión de enviar tropas a Groenlandia como muestra de apoyo a Copenhague.
Más allá del tono, el fondo del mensaje es institucional: si la UE decide responder con instrumentos de presión comercial, el bloque entra en una fase de mayor confrontación —y, al mismo tiempo, de definición interna— sobre hasta dónde puede y quiere sostener una política común cuando la presión externa aumenta.



