Esta es mi primer columna después de un tiempo sin escribir.
En un país como el nuestro, donde todos los días pasa algo, donde la agenda pública cambia a una velocidad abrumadora y donde siempre hay una nueva urgencia que atender, a veces lo más difícil no es tener algo que decir, sino detenerse a pensar qué vale la pena poner sobre la mesa.
Vivimos entre primeras planas, cifras, crisis y debates que se acumulan. Todo ocurre al mismo tiempo. Y en medio de ese ruido constante, es fácil perder de vista lo esencial. A veces opinamos mucho, pero no nos detenemos a pensar que nos mueve o duele como sociedad.
Por eso decidí volver a escribir.
Durante los próximos meses, este espacio será para reflexionar sobre los temas políticos que atraviesan a nuestro país como las decisiones públicas y la agenda legislativa. Pero hoy quise empezar distinto.
Antes de hablar de leyes, reformas o instituciones, quería escribir desde otro lugar. Hay realidades que no se entienden solo con datos. Y México, muchas veces, se siente así.
No se si tu que me estás leyendo coincides conmigo, pero hay días en los que nuestro país se siente como un corazón roto. Ese sentimiento está en nuestra vida cotidiana porque lo escuchamos en las noticias, lo vemos en las calles y en los espacios más comunes de la vida diaria. Es esa sensación persistente de que algo no está funcionando como debería.
Porque en México soñar no debería ser un privilegio. Pero, para millones de personas, lo es. De acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, más de 46 millones de personas viven en situación de pobreza. Esta cifra habla de limitaciones estructurales que condicionan las oportunidades desde el inicio. Nacer en ciertos contextos, lamentablemente, sigue determinando el acceso a educación, salud, seguridad y desarrollo que una persona puede o no tener.
Las brechas se vuelven evidentes desde la infancia. Niñas y niños crecen con aspiraciones legítimas, con las que cualquier infancia debería soñar, como ser deportistas, científicas, emprendedoras, pero sin las condiciones mínimas para alcanzarlas. La falta de espacios públicos adecuados, de infraestructura educativa suficiente o de entornos seguros es un factor constante que limita trayectorias de vida completas.
En el caso de las mujeres, el contexto es aún más complejo. La violencia sigue siendo una realidad persistente. Datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía muestran niveles preocupantes de incidencia de delitos y percepciones de inseguridad, como el hecho de que 7 de cada 10 mujeres de 15 años o más han experimentado alguna forma de violencia de género a lo largo de su vida. A esto se suma una carga histórica de desigualdad que restringe la autonomía y las oportunidades de millones.
Para las y los jóvenes, el panorama tampoco es alentador. Una proporción significativa enfrenta condiciones de precariedad laboral o se encuentra fuera del sistema educativo. Vivimos en un México que, al día de hoy, no es un lugar para que las juventudes puedan desarrollarse aquí y no precisamente por una crisis de talento sino de condiciones.
Ahí radica una de las verdades más incómodas de México: hoy están fracasando las estructuras que deberían sostener las aspiraciones de las personas.
La desigualdad, además, se manifiesta todos los días en hogares que destinan la mayor parte de sus ingresos a cubrir necesidades básicas, en comunidades donde la movilidad social es prácticamente inexistente y en ciudades donde, según la Encuesta Nacional de Seguridad Urbana, más del 60% de la población se siente insegura.
Este contexto genera la normalización del dolor y entonces nos encontramos ante un status quo que ya nadie se atreve a cuestionar.
Frente a ello, también ha ganado terreno una narrativa que resulta igual de preocupante. La idea de que las acciones individuales son irrelevantes frente a problemas estructurales. Si bien es cierto que los desafíos que enfrenta México requiere acción de gobierno, asumir que la ciudadanía no tiene un papel que desempeñar solo contribuye a la inercia.
El cambio estructural y la acción individual no son excluyentes. México necesita políticas que generen condiciones reales de igualdad. Pero también necesita una sociedad que no se acostumbre a la desigualdad, que no normalice la violencia y que no mire hacia otro lado.
Recuperar el sentido de comunidad es fundamental. Implica volver a mirar al otro, escuchar, involucrarse y asumir responsabilidad en lo cotidiano. Hoy sabemos que México duele, pero ese dolor no se nos puede convertir en costumbre.
Porque en medio de las dificultades también existe algo que no puede ignorarse que es, la capacidad de millones de personas para sostener, construir y resistir todos los días. Esa energía social es, quizás, uno de los activos más importantes con los que cuenta el país.
La pregunta, entonces, no es si México duele. La pregunta es si estamos dispuestos a hacer algo para que deje de doler.




