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Trump amenaza terminal petrolera iraní y agita Ormuz

La amenaza de Washington contra la isla de Jark elevó la tensión regional, presionó al petróleo y amplió el riesgo de una escalada en Oriente Medio.

La guerra en Oriente Medio entró en una nueva fase de presión estratégica después de que Donald Trump advirtiera que Estados Unidos podría “destruir por completo” la isla de Jark, principal terminal petrolera de Irán, si no se alcanza pronto un acuerdo para detener las hostilidades y reabrir el estrecho de Ormuz.

La amenaza golpea uno de los puntos más sensibles del conflicto. La isla de Jark concentra 90% de las exportaciones petroleras iraníes, mientras que el estrecho de Ormuz sigue siendo una vía crítica para el flujo mundial de hidrocarburos. La combinación de ambos factores colocó otra vez al mercado energético bajo tensión: este lunes el barril de Brent superó los 115 dólares durante la jornada, en medio de un escenario que ya arrastra semanas de presión por el bloqueo iraní y la expansión militar en varios frentes.

El conflicto comenzó el 28 de febrero con el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán, pero desde entonces dejó de ser un choque acotado y se convirtió en una crisis regional con efectos directos sobre energía, seguridad y comercio. La advertencia lanzada por Trump añadió un componente adicional al elevar la posibilidad de un ataque contra infraestructura crítica iraní, no solo petrolera, sino también eléctrica y de abastecimiento de agua, luego de que también amenazara con arrasar plantas generadoras, pozos petroleros y plantas desalinizadoras.

En paralelo, Washington sostuvo que mantiene conversaciones serias con un nuevo gobierno iraní, al que Trump describió como más razonable que el anterior, aunque sin detallar alcances, interlocutores ni condiciones. Esa combinación de presión militar y apertura diplomática no redujo la incertidumbre. Por el contrario, reforzó la percepción de que la guerra puede seguir escalando mientras se abren canales políticos aún indefinidos.

Sobre el terreno, la confrontación siguió ampliándose. Israel mantuvo bombardeos contra objetivos en Irán durante el fin de semana y el lunes, mientras su ofensiva en Líbano contra Hezbolá continuó activa. Benjamin Netanyahu afirmó que más de la mitad de los objetivos militares fueron alcanzados, aunque evitó fijar un plazo para concluir la operación. En el frente libanés, los ataques israelíes dejaron más de 1,200 muertos desde el 2 de marzo, y el gobierno israelí ordenó expandir la zona de seguridad para neutralizar la amenaza del movimiento proiraní.

La tensión también alcanzó a la presencia internacional en la zona. La Fuerza Provisional de la ONU en Líbano informó la muerte de dos de sus efectivos en una explosión ocurrida el lunes en el sur del país, después del fallecimiento de otro casco azul un día antes. El Consejo de Seguridad convocó para este martes una reunión de urgencia a petición de Francia.

En Irán, los efectos de los bombardeos ya son visibles tanto en infraestructura como en la vida cotidiana. Los ataques del fin de semana contra la red eléctrica provocaron apagones en varios puntos de Teherán, aunque el Ministerio de Energía afirmó el lunes que el sistema permanecía estable. Al mismo tiempo, la organización Hrana contabilizó al menos 360 ataques en 24 horas en 18 provincias del país. De ese total, 70% se concentró principalmente en zonas residenciales de la capital y dejó 37 muertos o heridos.

La dimensión humanitaria se profundiza a medida que se intensifica la campaña aérea. Acled registró cerca de 2,300 bombardeos estadounidenses e israelíes durante el primer mes de guerra, frente a 1,160 ataques iraníes en represalia. Esa secuencia confirma que la confrontación ya no se limita a instalaciones militares o posiciones tácticas, sino que se extiende a áreas urbanas, servicios esenciales y corredores estratégicos.

El componente marítimo y energético se mantiene en el centro del tablero. Un comité del Parlamento iraní aprobó el cobro de peajes para los buques que atraviesen el estrecho de Ormuz, mientras la televisión estatal informó que Teherán prohibiría el paso a Estados Unidos e Israel. La decisión fue rechazada de inmediato por Washington. Marco Rubio sostuvo que una medida de ese tipo no puede ser aceptada, en un momento en que el control de la ruta marítima se volvió uno de los principales instrumentos de presión iraní.

La respuesta militar estadounidense también se reforzó en la región. La semana pasada fue movilizado un buque de asalto anfibio al frente de un grupo naval con unos 3,500 marinos y efectivos del cuerpo de Marines. Esa presencia amplía la capacidad de intervención de Washington en un escenario donde el riesgo de una operación terrestre o de ataques iraníes más intensos contra países del Golfo sigue pesando sobre los mercados.

Ahí está una de las claves de esta crisis: la guerra ya desbordó su dimensión bilateral. El encarecimiento del petróleo, la amenaza sobre Ormuz, la vulnerabilidad de la infraestructura energética iraní, la presión sobre Líbano y la activación diplomática de actores regionales muestran una confrontación con impacto sistémico. Egipto ya pidió ayuda a Trump para terminar la guerra, mientras Arabia Saudita fue emplazada por Teherán a expulsar a las fuerzas estadounidenses de la región.

Por ahora, lo inmediato no apunta a una desescalada. El conflicto mantiene abiertos varios frentes a la vez, combina coerción militar con mensajes diplomáticos ambiguos y coloca a la energía como rehén central del pulso geopolítico. En ese contexto, la amenaza sobre Jark no solo pone en la mira la principal terminal petrolera de Irán: también eleva el costo global de una guerra que sigue sin mostrar una salida cercana.

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