Donald Trump abrió este miércoles la posibilidad de retirar a Estados Unidos de la OTAN y colocó a la alianza atlántica ante una de sus mayores sacudidas políticas recientes, al vincular su permanencia al rechazo de varios países europeos a facilitar bases, sobrevuelos y apoyo logístico para operaciones relacionadas con la guerra contra Irán.
La amenaza no quedó en una frase aislada. El propio presidente sostuvo que la discusión ya fue más allá de una simple reconsideración y volvió a definir a la OTAN como un “tigre de papel”, en una señal de que la Casa Blanca convirtió el desacuerdo con sus socios europeos en un cuestionamiento directo al valor estratégico del bloque militar.
El choque se detonó por la negativa de varios aliados a permitir el uso de su infraestructura militar en apoyo de la ofensiva estadounidense. Trump reclamó que Washington siempre ha estado para Europa cuando se le necesita, pero que esa reciprocidad no apareció en el actual conflicto. A su juicio, esa falta de respaldo dejó expuesto un problema de fondo: una alianza que exige compromiso automático de Estados Unidos, pero impone límites cuando la potencia que la sostiene pide apoyo operativo.
La presión fue reforzada desde el corazón mismo del gobierno estadounidense. Marco Rubio advirtió que, una vez termine la guerra con Irán, Washington tendrá que reexaminar su relación con la OTAN si la alianza solo funciona para defender a Europa cuando es atacada, pero niega acceso a bases cuando Estados Unidos quiere defender sus propios intereses. En la misma línea, Pete Hegseth evitó ratificar el compromiso de Washington con la defensa colectiva del bloque y dejó esa definición en manos del presidente.
Las declaraciones colocan en la mira el principio central de la OTAN: el compromiso de defensa mutua. El mensaje político que sale de Washington ya no se limita a una queja por reparto de cargas o por gasto militar. Ahora toca el núcleo operativo de la alianza y lo hace en medio de una guerra que ha profundizado las tensiones entre Estados Unidos y Europa.
La disputa gira alrededor de decisiones concretas tomadas por varios gobiernos europeos. Entre los casos mencionados en la confrontación aparecen:
- España, que prohibió el uso de las bases de Rota y Morón y también de su espacio aéreo para operaciones vinculadas al ataque contra Irán;
- Reino Unido, que terminó autorizando el uso de algunas bases, pero solo para acciones defensivas;
- otros aliados europeos que, ante solicitudes de asistencia o acceso, respondieron con reservas, obstáculos o vacilaciones.
Desde la perspectiva de Washington, esa respuesta convierte a la OTAN en una vía de un solo sentido. Rubio lo planteó de forma explícita al cuestionar por qué Estados Unidos invierte durante años cientos de miles de millones de dólares y mantiene fuerzas desplegadas en Europa si, en un momento de necesidad, no puede usar esas bases para sus propios fines estratégicos.
La reacción europea fue inmediata. Keir Starmer respondió que la OTAN sigue siendo la alianza militar más efectiva que el mundo haya visto y defendió la necesidad de preservar los intereses británicos pese al ruido político. En España, Margarita Robles sostuvo que impedir el uso de las bases y del espacio aéreo para operaciones contra Irán no implica una ruptura del vínculo transatlántico ni un abandono de las responsabilidades en materia de disuasión y defensa colectiva.
Aun así, la controversia ya escaló a un punto distinto. El problema no es solo si Europa apoya o no una guerra concreta en Medio Oriente, sino qué lectura hará Washington de esa negativa una vez termine el conflicto. Trump dejó claro que su decepción no se limita al episodio iraní. También recordó que, a su juicio, Estados Unidos se involucró en otros escenarios por sus aliados, incluida Ucrania, sin recibir una respuesta equivalente cuando pidió apoyo.
Ese razonamiento empuja la crisis hacia una dimensión estructural. Si la Casa Blanca concluye que la alianza no sirve para defender intereses estadounidenses, el debate sobre la permanencia en la OTAN dejaría de ser una amenaza retórica y pasaría a convertirse en una revisión real del papel de Washington en el sistema de seguridad euroatlántico.
El impacto potencial es mayor porque Estados Unidos no solo es miembro fundador del bloque desde 1949, sino también su principal contribuyente y su potencia militar decisiva. Cualquier señal de distanciamiento debilita la credibilidad de la disuasión colectiva y abre dudas sobre la disposición estadounidense de actuar si un aliado europeo fuera atacado por Rusia u otro adversario.
Ese riesgo fue subrayado también dentro del propio debate estratégico que rodea la crisis. La sola insinuación de que Washington podría no cumplir de forma automática sus compromisos puede alentar pruebas de resistencia sobre el artículo 5, la cláusula que establece que un ataque armado contra un miembro se considera un ataque contra todos.
La guerra con Irán aceleró esa fractura. También la conectó con otras tensiones ya acumuladas entre ambos lados del Atlántico: disputas comerciales, diferencias sobre seguridad, malestar europeo frente a la forma en que Trump gestiona la relación con Rusia y desconfianza creciente en torno a la dirección política del segundo mandato republicano.
Por ahora, Trump no anunció una decisión definitiva, pero el mensaje político quedó instalado con fuerza: la OTAN dejó de ser tratada por la Casa Blanca como una estructura intocable y pasó a ser evaluada bajo un criterio de utilidad inmediata para los intereses estadounidenses. Ese cambio altera la relación con Europa en plena guerra regional, cuestiona la solidez de la defensa colectiva y deja a la alianza enfrentando una pregunta que durante décadas pareció impensable: qué ocurre si Washington decide que ya no vale la pena seguir dentro.



