El Banco de Rusia ha optado por un cambio de estrategia, recortando su tasa de interés de referencia en 25 puntos base hasta un 12.75%. La decisión, que se produce tras una serie de reuniones en las que la entidad había mantenido una postura restrictiva, es una respuesta directa a los crecientes temores de una desaceleración de la economía nacional. La inflación, que se había mantenido en niveles elevados, ha comenzado a mostrar signos de moderación, lo que ha dado al banco central el espacio para actuar. La medida busca estimular la demanda interna.
El recorte de tasas, sin embargo, no es un simple ajuste de política, sino un reflejo de los desafíos que enfrenta la economía rusa. Aunque la producción industrial se ha mantenido estable, las sanciones occidentales y la incertidumbre geopolítica siguen siendo un lastre para el crecimiento. La debilidad en el mercado laboral y la caída en la confianza de los consumidores son otros factores que han presionado al banco central para que actúe. La decisión de relajar la política monetaria es una apuesta arriesgada. Si bien podría estimular el crecimiento, también podría generar una nueva ola de inflación.
La situación actual de la economía rusa es una prueba para el gobierno y el banco central. La capacidad del país para navegar en un entorno de sanciones y incertidumbre geopolítica dependerá de su habilidad para equilibrar las prioridades de inflación y crecimiento. La decisión de recortar las tasas es un claro mensaje a los mercados de que la estabilidad económica es ahora la principal prioridad del banco central.



