La oferta pública de adquisición (OPA) hostil lanzada por el BBVA sobre el Banco Sabadell concluyó con un fracaso rotundo, al obtener una aceptación de apenas el 25.47% del capital social, muy por debajo del umbral necesario. Este desenlace, que pone fin a un proceso de 17 meses, frustra la creación del segundo banco por negocio en España y refleja la victoria de los accionistas minoritarios y el consejo del Sabadell, que calificaron la oferta de «infravalorada».
El mercado reaccionó de inmediato. El BBVA aceptó la derrota, pero anunció que retomará «de manera acelerada» su plan de retribución al accionista, prometiendo una lluvia de 36.000 millones de euros hasta 2028 y una recompra de acciones inminente para compensar a sus propios inversores. Esta maniobra busca mitigar el impacto en sus acciones y reafirmar sus ambiciosos objetivos de rentabilidad (ROTE promedio en torno al 22%) en solitario.
Desde una óptica crítica y económica, el fracaso de la OPA es una buena noticia para la competencia bancaria en España, la cual ya padece altos niveles de concentración. La absorción del Sabadell, un banco clave en la financiación de pequeñas y medianas empresas (pymes), habría agravado este problema, dificultando el acceso al crédito y aumentando el riesgo de exclusión financiera para clientes y pymes, consideradas el «nervio» del tejido productivo.
El Ministerio de Economía español, que había manifestado su oposición «en el fondo y la forma» por el impacto negativo en la competencia y el empleo, acató la decisión de los accionistas. En contraste, líderes políticos catalanes y patronales como Pimec celebraron el resultado, instando al Sabadell a reforzar su rol como polo financiero de proximidad. El desenlace demuestra que, a pesar de la euforia del sector por los altos tipos de interés, el mercado ha priorizado la diversidad institucional sobre la consolidación forzada.



