El revés sufrido por el Partido Republicano en las elecciones locales y estatales del pasado martes ha sido interpretado por analistas como un claro voto de castigo impulsado por las persistentes preocupaciones de los estadounidenses sobre la economía. A pesar de los intentos del presidente Donald Trump por desestimar las derrotas y centrar el debate en temas como la inmigración, la realidad financiera de los votantes emergió como el factor decisivo.
Encuestas previas a los comicios revelaron que más de seis de cada 10 votantes desaprueban el manejo de la economía por parte de Trump, con un 73% considerando el costo de vida (vivienda, alimentos, gasolina) como su principal prioridad. Los demócratas capitalizaron esta frustración, enfocando sus campañas en el impacto de las políticas federales en la inflación y la creciente desigualdad, un diagnóstico que resonó en estados clave como Nueva Jersey y Virginia.
Críticamente, el presidente Trump respondió al revés afirmando que es «fácil ganar elecciones cuando se habla de los hechos» económicos (como la caída de precios de la energía y los récords bursátiles), lo que implica una crítica a los candidatos republicanos que no supieron comunicar estos supuestos logros. Sin embargo, la victoria de demócratas en carreras importantes, como la alcaldía de Nueva York, es vista como un referéndum sobre el primer año de su segundo mandato.
La situación subraya un dilema económico para el partido de Trump: mientras las políticas de desregulación y estímulo fiscal buscan impulsar el crecimiento (con el PIB creciendo un 4% en el 2T, según la Casa Blanca), la mayoría de los votantes se sienten «quedándose atrás» debido a que los altos costos persisten y el crecimiento no es inclusivo.



