La relación comercial entre México y Estados Unidos volvió al centro del debate político, esta vez por una frase que en Washington suena a estrategia y en sus socios a advertencia. Desde una visita a una planta de Ford, el presidente Donald Trump calificó al T-MEC como “irrelevante” y sostuvo que su país no necesita productos —ni autos— fabricados en México o Canadá, porque quiere que esa producción se haga en territorio estadounidense. Incluso deslizó que no le preocuparía que el tratado expire.
La respuesta desde Palacio Nacional fue calculada: Claudia Sheinbaum evitó engancharse en un intercambio directo y remarcó que, si el acuerdo estuviera en riesgo real, los primeros en levantar la voz serían los empresarios de Estados Unidos. La razón, dijo, es simple: la integración productiva es profunda y atraviesa sectores más allá del automotriz. En su mensaje, la presidenta insistió en que esa interdependencia es difícil de romper y que conviene a ambos lados de la frontera.
Para dimensionar el tamaño de esa relación, Sheinbaum subrayó dos datos: alrededor de 400 mil vehículos cruzan diariamente y el intercambio comercial supera los 300 mil millones de dólares. Esa escala explica por qué, en episodios de fricción, las alertas se encienden rápido en ambos países. La presidenta recordó un caso reciente: hacia finales de 2025, un conflicto agrícola derivó en el cierre temporal de un puente internacional en Ciudad Juárez y, según lo reportado, el impacto se sintió de inmediato del lado estadounidense, lo que detonó presiones para reabrir el paso y normalizar el flujo.
En el fondo, el choque de narrativas llega en un momento sensible: el T-MEC está encaminado a una revisión en junio. Sheinbaum planteó que, si hay ajustes por hacer, se discutan como modificaciones puntuales, no como una ruptura, y colocó un argumento geopolítico en la mesa: en un entorno de competencia económica con Asia, especialmente con China, es más rentable para Estados Unidos competir como bloque norteamericano que hacerlo en solitario.



