La tensión por Groenlandia escaló a un nivel poco común entre aliados occidentales. El presidente Donald Trump afirmó que “cualquier cosa menor” al control de Estados Unidos sobre Groenlandia es “inaceptable”, bajo el argumento de que el territorio es clave para la seguridad nacional y, de paso, haría a la OTAN “más formidable y efectiva”. El mensaje no solo presiona a Dinamarca —que administra el territorio como parte del Reino danés—, también coloca al bloque atlántico en un dilema: cerrar filas ante un socio que hoy exige una redefinición territorial.
El endurecimiento discursivo se dio mientras el vicepresidente JD Vance tenía prevista una reunión con el canciller danés y su homóloga groenlandesa, junto con el secretario de Estado Marco Rubio. Trump añadió un elemento técnico-militar para justificar su postura: calificó a Groenlandia como “vital” para la “Cúpula Dorada”, el sistema de defensa antimisiles que desarrolla el Pentágono. En paralelo, insistió en que, si Estados Unidos no actúa, Rusia o China podrían hacerlo.
Del lado groenlandés, el primer ministro Jens-Frederik Nielsen rechazó abiertamente el planteamiento: Groenlandia no quiere ser propiedad ni ser gobernada por Estados Unidos y no formará parte de ese país, manteniéndose dentro del Reino de Dinamarca. La respuesta europea fue aún más contundente. El presidente francés Emmanuel Macron advirtió que afectar la soberanía de un país europeo y aliado tendría consecuencias “sin precedentes”, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, remarcó que Groenlandia pertenece a su gente y que corresponde a Dinamarca y a Groenlandia decidir.
La tensión ya se traduce en movimientos de seguridad. La emisora pública danesa informó sobre el envío de refuerzos militares a Groenlandia, mientras el mando de defensa danés señaló que ha elevado su actividad en el Ártico y entrena despliegues como parte de sus tareas rutinarias. A esto se sumó una respuesta coordinada: Alemania anunció el despliegue de un equipo de reconocimiento (13 integrantes) y, junto con Suecia y Noruega, enviará personal para evaluar cómo incrementar la seguridad en la región. Francia también confirmó su participación en una misión europea, en el marco de un ejercicio danés conocido como “Arctic Endurance”.
Trump, por su parte, insistió en que buscaría la adquisición “con o sin acuerdo”, y dejó claro que para sus objetivos no basta con presencia militar: dice que se necesita propiedad y título. El resultado inmediato es un Ártico más militarizado, una relación transatlántica bajo presión y una discusión que, más allá del mapa, pone en juego reglas básicas de soberanía y coordinación entre aliados.



