Gastar hoy, pagar mañana

El ahorro cae mientras sube el consumo y se debilita la inversión: señal de corto plazo financiado con futuro. Sin ahorro sólido, México limita inversión, crecimiento y competitividad.

Compartir nota:

Coyuntura económica y algo más

El ahorro es paciencia; el populismo, prisa con deuda…

Macraf

Una persona en redes me dejó una pregunta que parece simple, pero en realidad pega donde duele: “¿por qué no hablas del ahorro? casi nunca hablas de ahorro y también es una variable, ¿no?”. Sí, lo es. Y no solo es variable: es una de las claves silenciosas que explican por qué México puede tener temporadas de consumo “animado” y aun así seguir sin despegar en crecimiento, sin consolidar desarrollo y con una competitividad que se cae cada vez que se mueve el mundo.

El ahorro, por definición, es cambiar consumo presente por consumo futuro. Es decir: decidir no comprar hoy para poder comprar mañana lo que hoy no se puede, lo que hoy es demasiado caro o, incluso, lo que todavía no existe para nosotros. En el fondo, ahorrar es una declaración de expectativas: quien ahorra está diciendo “creo que habrá futuro”, “creo que tendrá sentido planear”, “creo que el mañana será comprable”. Por eso el ahorro no es una manía moralista ni una receta de autoayuda: es un termómetro de confianza. Y cuando el termómetro marca bajo, el problema no es el termómetro: es la fiebre.

Ahora, en México estamos viviendo justo la contradicción que se vuelve costumbre en los sexenios con vocación electoral permanente: se impulsa el gasto hoy como si el presente fuera el único calendario válido. La corcholata mayor lo trae como bandera porque le toca administrar los efectos del estancamiento que dejó el nuevo morador de Palenque. Entonces la tentación es clarísima: empujar consumo para que “se sienta” movimiento. El problema es que esa lógica, cuando se vuelve política pública repetida y celebrada, manda una señal peligrosa: el futuro importa menos; lo importante es que hoy se mueva el dinero, que hoy alcance para la foto, que hoy la gente sienta “alivio”, aunque mañana se pague con intereses.

Y aquí entra el dato duro que no se discute con narrativa. INEGI reporta que, en el tercer trimestre de 2025, con cifras desestacionalizadas, el ahorro bruto cayó -2.7% respecto al trimestre previo. Al mismo tiempo, el propio reporte muestra que el consumo privado subió 1.1% trimestral, mientras que la formación bruta de capital fijo cayó -0.8% trimestral. Es decir: el gasto avanza, pero la inversión se debilita y el ahorro retrocede. No es un “debate ideológico”; es un patrón económico: cuando el presente se premia, el futuro se encoge.

Y si alguien piensa que esto es un detalle técnico, que vea la magnitud. En cifras originales, el ahorro bruto del 3T25 fue de 6,571,256 millones de pesos corrientes y representó 18.7% del PIB. El ahorro interno fue 19.2% del PIB (6,739,054 millones), mientras que la contribución del “resto del mundo” —el financiamiento externo— fue negativa, equivalente a -0.5% del PIB (-167,799 millones). Traducido: el ahorro es grande en número absoluto porque la economía es grande, pero su dinámica se está agrietando; y además, el financiamiento externo no es garantía automática, puede incluso jugar en contra. Ahí está la fragilidad: no se construye futuro apostando a que siempre habrá afuera para resolver lo que adentro no se organiza.

Y aquí viene la gran confusión que nos cuesta caro como país: ahorrar e invertir no es lo mismo. Ahorrar es apartar recursos; invertir es usarlos con la finalidad de obtener un beneficio. El ahorro es el primer paso; la inversión es el uso productivo posterior. Uno puede “invertir” sin ahorrar, sí: endeudándose. Pero eso no es fortaleza, es dependencia. En cambio, cuando un país ahorra de manera sólida, genera base para inversión productiva, para capitalizar empresas, para modernizar sectores y para financiar innovación sin vivir con el corazón en la mano cada vez que suben tasas o se encarece el crédito.

Por eso, cuando el ahorro es bajo o se debilita, se limita la inversión productiva y se frena el crecimiento de largo plazo. Se reducen los fondos disponibles para capitalizar empresas, se encarecen los financiamientos, se frenan proyectos y el país termina volteando hacia donde sí hay liquidez: el exterior. Y ahí aparece el problema completo: si adentro no hay recursos suficientes en forma de ahorro, los bancos tienen menos con qué prestar; entonces hay que buscar afuera, donde sí tienen dinero… pero también donde ponen condiciones, donde cobran más caro cuando perciben riesgo, y donde se van a la primera señal de incertidumbre.

Lo más perverso es que esta película no se queda en macroeconomía: baja directo a hogares y empresas. Un hogar que no ahorra vive expuesto. Cualquier golpe —inflación, enfermedad, desempleo, inseguridad— se vuelve una emergencia. Y cuando se vive en emergencia, el consumo futuro se sacrifica: se pospone educación, salud, patrimonio. En empresas ocurre algo similar: sin capacidad de ahorro, el crecimiento se vuelve frágil; se depende del crédito; y si el crédito se encarece o si el entorno se complica, se recorta inversión, se congela contratación y se pierde competitividad.

Entonces sí: el ahorro es una variable. Pero también es una advertencia. Porque un gobierno que insiste en empujar consumo presente sin sostener condiciones para invertir y crecer está pateando el problema: hoy presume dinamismo, mañana administra crisis. Y el lector lo sabe aunque no lo diga con tecnicismos: cuando el país premia el gasto y castiga el ahorro, lo que se está haciendo es comprar tranquilidad inmediata… con el dinero del futuro.

Y aquí vale una duda que debería incomodar a cualquiera que venda los programas sociales como “solución estructural”: ¿cuántos y cuánto pueden ahorrar de lo que reciben? La respuesta no requiere encuesta: casi nadie y casi nada. No porque la gente no quiera, sino porque no le alcanza. Y si no alcanza para ahorrar, entonces ese dinero no está construyendo movilidad; está comprando respiro. Paliativo, no escalera. Sirve para llegar al siguiente mes, pero no para cambiar el destino. Y cuando el Estado convierte el “respiro” en estrategia, lo que está haciendo es administrar la fragilidad… y presentarla como bienestar.

“Así, así los tiempos estelares del segundo piso, de la transformación de cuarta.”

✒️ El apunte incómodo

No cabe duda: Morena terminó convertido en todo aquello que decía condenar. Y lo grave no es el espectáculo, sino el momento en que lo hacen. México tiene demasiados frentes abiertos —economía, salud, educación, comercio internacional, estado de derecho e inseguridad— como para que el poder se comporte como si ya no hubiera incendios que apagar.

Por eso resulta casi insultante que la moradora de palacio use la mañanera para presumir que escribió una carta al primer ministro de Corea para pedir que BTS venga más veces al país. La excusa, por supuesto, son “los jóvenes”, “darles lo que quieren”. No es contra la música ni contra quien la disfruta; es contra la frivolidad institucionalizada: convertir la agenda pública en agenda de aplausos.

Porque sí: pueden darles conciertos, fotos y narrativa. Pero ¿y el futuro? ¿cuándo les van a dar crecimiento, empleo, seguridad y oportunidades reales? Cuando un gobierno confunde prioridades, el país lo paga. Y el mensaje queda clarísimo: no gobiernan con agenda de Estado; gobiernan con agenda de likes.

Compartir nota:

Todo el contenido de El Comentario del Día en la palma de tu mano. Suscríbete a nuestros canales de difusión: WhatsApp | Telegram

PUBLICIDAD