Adoctrinar empobrece

La educación es infraestructura económica: sin capital humano no hay competitividad. La “Nueva Escuela Mexicana” prioriza consigna sobre habilidades, y eso empobrece inversión, productividad y movilidad social.

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Coyuntura económica y algo más

Si al gobierno le estorba la educación, imagina lo que le estorba la verdad…

Macraf

La relación entre educación y economía es tan directa que sorprende que todavía haya quien la trate como tema “social” y no como lo que realmente es: infraestructura económica. La educación es el cimiento del crecimiento, del desarrollo y de la competitividad. Es el filtro —o la escalera— que define si un país produce productividad e innovación, o si se resigna a salarios bajos, informalidad y brechas que se heredan como apellido. Y aun así, en México, la educación se ha administrado demasiadas veces como botín político: se politiza, se usa para adoctrinar y se convierte en herramienta de control ideológico a corto y largo plazo.

El punto central es simple: sin un sistema educativo robusto (público, privado o ambos), con planeación, continuidad y bases sólidas, no se cataliza a ninguna economía; se hunde. Se hunde porque se rompe el capital humano. Se hunde porque no hay habilidades. Se hunde porque la innovación no aparece por decreto. Se hunde porque la movilidad social deja de existir y, entonces, la desigualdad se convierte en destino. Y cuando la desigualdad se vuelve destino, la economía se vuelve frágil: una parte del país compite y otra parte sobrevive.

Para que esto no se quede en “opinión”, hay que ponerlo en números. Para 2026 se está planteando un gasto educativo del orden de 1.2 billones de pesos, cerca de 4% del PIB. En papel suena enorme. Pero el tamaño del monto no es la pregunta clave; la pregunta es cómo se asigna y con qué objetivo. En la distribución prevista, educación básica concentraría alrededor de 766 mil millones de pesos, el mayor monto para ese nivel en décadas, empujado por programas de apoyo directo. En contraste, educación media superior quedaría alrededor de 52 mil millones de pesos y educación superior cerca de 181 mil millones de pesos (aprox. 0.6% del PIB). Ese patrón dice mucho: se prioriza lo inmediato, lo visible, lo que se comunica fácil. Lo estructural —formación avanzada, investigación, capacidades técnicas, infraestructura moderna— queda peleando por migajas.

Y aquí está el choque con la economía real: la innovación no nace en la primaria. Nace cuando el sistema completo está alineado para llevar a los estudiantes desde habilidades básicas sólidas hasta competencias avanzadas: ciencia, tecnología, pensamiento crítico, dominio de herramientas digitales, idiomas, creatividad aplicada. Si la educación media superior y superior se debilitan o se vuelven accesorio presupuestal, el país se condena a competir solo en lo barato, no en lo valioso. Y competir en lo barato es competir en precariedad.

El tamaño del sistema educativo también exhibe lo que está en juego: una matrícula total cercana a 34.4 millones de estudiantes en el ciclo 2024–2025, con la educación básica representando alrededor de 68%. Es decir, estamos hablando de un “país dentro del país”. Sin embargo, la cobertura todavía deja huecos dolorosos. En edades de 3 a 14 años, la inscripción ronda 89.3%, lo que significa que más de 10% queda fuera. En media superior la cobertura ronda 80.6% y en educación superior, para jóvenes de 18 a 22 años, apenas 45.1%. Eso no es un detalle: es una limitación estructural. Porque cuando menos de la mitad accede a educación superior, la economía se queda sin masa crítica de perfiles especializados y el mercado laboral se parte en dos: un segmento pequeño compite, el resto se acomoda como puede.

Luego viene la parte que más incomoda porque es imposible maquillarla con discurso: la infraestructura y la brecha tecnológica. Se habla de modernidad, de futuro y de “transformación”, pero en la práctica hay escuelas donde la digitalización es un chiste cruel. Se ha dicho que programas como La Escuela es Nuestra buscarían beneficiar más de 143,000 planteles con recursos para infraestructura en 2026. Aun así, en zonas marginadas persiste escasez de dispositivos digitales, y en secundaria pública se reporta, en promedio, 1 equipo por cada 14 estudiantes. Con esa proporción no hay “educación digital” posible; hay simulación. Y la simulación, en economía, se paga: se traduce en menor productividad y menor competitividad.

En aprendizaje, el golpe es todavía más duro. Porque el problema no es solo entrar a la escuela, es aprender algo que sirva. Si el sistema produce certificados sin capacidades, la economía produce empleos sin futuro. Un ejemplo que debería escandalizar más de lo que escandaliza: se ha reportado que 79% de estudiantes evaluados presentan desconocimiento total del inglés. En un mundo globalizado, donde idiomas, digitalización e innovación son motores, eso no es un “problema educativo”: es una desventaja competitiva nacional. Es renunciar, desde la formación, a oportunidades laborales mejor pagadas y a industrias más sofisticadas.

Con todo esto sobre la mesa, vale poner en entredicho la famosa “Nueva Escuela Mexicana”. En el discurso suena a renovación, a justicia, a comunidad y a futuro. En la práctica, ha operado más como un marco para alinear y adoctrinar que para formar capacidades. Porque formar significa enseñar a pensar, a contrastar, a argumentar, a dudar con método, a comprender ciencia, historia, economía y civismo sin consigna. Adoctrinar significa enseñar qué pensar, a quién culpar, a quién aplaudir y qué repetir. Y eso, para quienes gobiernan desde Palenque y desde Palacio, es funcional: los aplausos y los votos son más útiles que los cuestionamientos y las exigencias de resultados.

En países como Finlandia, Dinamarca o Japón, la educación se trata como política de Estado: continuidad, profesionalización, evaluación para mejorar y obsesión por formar criterio. No es magia; es consistencia. Aquí, en cambio, se cambia el enfoque como se cambia la narrativa: según convenga. Y esa inestabilidad educativa se traduce en inestabilidad económica. No hay competitividad con currículas ideologizadas, no hay innovación con pensamiento domesticado, no hay crecimiento sostenido con capital humano debilitado.

Por eso sostengo la idea central sin rodeos: adoctrinar empobrece. Empobrece porque reemplaza conocimiento por consigna, pensamiento por obediencia y habilidades por propaganda. Empobrece porque amplía brechas: quien puede pagar buena formación se salva; quien no, carga con el costo de un sistema politizado. Empobrece porque limita la inversión productiva: sin capital humano sólido, no hay industria sofisticada que se sostenga. Empobrece porque condena al país a competir abajo, no arriba.

“Así, así los tiempos estelares del segundo piso, de la transformación de cuarta.”

✒️ El apunte incómodo

Hay que decirlo sin regateos: por fin hacen algo bien al sacar a Marx Arriaga de la SEP. Después del daño provocado —sí, incluido el empuje de materiales y enfoques con carga adoctrinal y poca utilidad práctica—, su salida era necesaria. El problema es que no ocurre por una convicción educativa, ni por el deseo de corregir el rumbo, ni por buenas prácticas: ocurre porque ya estorbaba.

Y estorbaba por una razón simple: era tan radical y tan impermeable que ni siquiera les obedecía a ellos. Cuando alguien se vuelve un problema para la propia tribu, entonces sí aparece la “voluntad” de moverlo. No lo retiraron por el bien de los alumnos; lo retiraron por incomodidad interna, por control y por disciplina. En resumen: hicieron lo correcto por la razón equivocada.

Y como suele pasar en esta élite, el silencio desde Palacio no es prudencia: es supervivencia. Porque aquí nadie quiere dar explicaciones, nadie quiere asumir costos, y nadie quiere reconocer el desastre… hasta que el desastre empieza a incomodar a los suyos.

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