Paz Olímpica: De tregua sagrada a control distópico

La “Paz Olímpica” pasó de tregua sagrada a narrativa: la Villa Olímpica opera con vigilancia y restricciones. Una paz controlada que exhibe cuánto cedemos libertad por “seguridad”.

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El mensaje en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno fue claro: un fin a los conflictos armadas y un llamado a la paz. Como dicta el protocolo se hace un llamado a la “Paz Olímpica”, un ideal que aspira al alto fuego por la duración de la competencia. Este concepto proviene de la Antigua Grecia, donde el movimiento de tropas se detenía bajo una ley sagrada. Sin embargo en pleno siglo XXI, la tregua ha dejado de ser un mandato divino para convertirse en un recurso narrativo.

En la actualidad, la polarización política, inestabilidad geopolítica, y tensiones diplomáticas han terminado con lo que en un momento llego a significar una unión sin fronteras. Esto quedo expuesto en 2022, con la invasión de Rusia a Ucrania  a tan solo 4 días después del cierre de los Juegos Olímpicos de Invierno en China. Aquí fuimos testigos de como la Paz Olímpica se convirtió en un paréntesis más que un compromiso.

El reflejo de esta transformación se ve dentro de la Villa Olímpica. Al final de la Guerra Fría esta era una “Aldea Global”, un espacio donde los atletas de todas las naciones eran capaces de convivir sin limites. Podían moverse libremente dentro y fuera de ella, un lugar utópico donde lo que sucedía en el exterior se quedaba en la puerta. Sin embargo, hoy en día a dejado de serlo debido a las tensiones han comenzado a entrar por lo que sido necesario moldear una paz controlada. Las distintas delegaciones, por ejemplo, son ubicadas según las tensiones nacionales evitando que países como Israel e Iran compartan bloques habitacionales. Ademas se mantiene una vigilancia constante en zonas comunes como autobuses, gimnasios y el comedor. Evitando así enfrentamientos además de mantener la amenaza de expulsión por peleas dentro de la villa.

Este modelo de paz controlada, no solo es según las tensiones geopolíticas y diplomáticas; igualmente funciona como un experimento social. de como la sociedad y sus individuos son capaces de dejar ir ciertas libertades. Los atletas ceden libertades fundamentales a cambio de ser parte de la justa olímpica: renuncian a su privacidad bajo el monitoreo de datos biométricos, limitan su libertad de expresión por el Artículo 50 de la Carta Olímpica y aceptan una autonomía de movimiento restringida. Vemos como las ideas que un día leímos en libros distópicos como 1984 o Fahrenheit 451 comienzan a ser una realidad en la Villa Olímpica.

A pesar de las restricciones y los esfuerzos por limitar la interacción de atletas esto no siempre ha sido un logro. Aunque no podemos negar que existen roces como ocurrió en Río 2016 cuando la delegación de Libano bloqueó el paso a la de Israel en un autobús rumbo a la ceremonia de apertura, también hay actos de rebeldía pacífica  y hermandad de la humanidad. Los más claros ejemplos son la “diplomacia de pines”donde los atletas intercambian sus pines nacionales, lo que ha llevado a que incluso  a que israelíes e iraníes intercambien insignias en secreto. Mientras que por otro lado esta la selfie entre gimnastas de ambas Coreas en Río 2016 demuestra que la pasión por el deporte puede romper barreras y superar la propaganda estatal.

Al final del día, la Paz Olímpica, ya no es esta idea utópica de hermandad en la humanidad con la que soñamos alguna vez; esta más bien se encuentra en un lugar entre el colapso total y una nueva realidad distópica. El frágil equilibrio que ha creado la paz controlada dentro de la Villa Olímpica y los crecientes conflictos armados en el mundo nos recuerdan una cosa: somos capaces de crear una paz perfecta artificial delicada, pero somos incapaces de trasladarla al mundo real. Las treguas y altos al fuego hoy no parecen significar nada, solo nos queda el recuerdo de lo que una vez fue una utopía.

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