Entre la palabra y el algoritmo: ética y verdad en la comunicación humana

La IA puede mejorar claridad y eficiencia, pero también vaciar el diálogo: atajos emocionales, sesgos, desinformación y despersonalización. La ética exige custodiar la palabra y priorizar el encuentro humano.

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La multiplicación acelerada de apps de I.A. enfocadas en la mejora del lenguaje es paradójica: por un lado favorece estructuras claras y argumentos contundentes pero, por el otro lado, opera con “atajos” lingüísticos inspirados en la emotividad y en las tendencias de moda sin dejar aparecer la duda y la pregunta como pasos primeros en la búsqueda de la verdad y sin permitir que surja el diálogo honesto y transparente.

Esta tecnología que avanza rápidamente, ha transformado no solo los modos de producir y difundir información, sino también la manera en que los seres humanos se encuentran, se comprenden y buscan la verdad. Cabría pues una pregunta fundamental: ¿la inteligencia artificial está fortaleciendo la comunicación humana o, por el contrario, la está vaciando de su sentido más profundo?

Lejos de ser neutral, la inteligencia artificial es un desarrollo técnico cargado de intencionalidades humanas. Su diseño, programación y uso responden siempre a determinados valores culturales, económicos y sociales. Por ello, no puede ser calificada en sí misma como buena o mala; su valoración ética depende del uso que de ella haga la persona humana. En el ámbito de la comunicación, esta constatación es especialmente relevante, pues comunicar no es solo transmitir datos, sino poner algo en común y abrir un espacio de encuentro.

Recuperar el sentido auténtico de la comunicación exige ir más allá de la eficacia, la rapidez y la productividad que ofrecen los sistemas de inteligencia artificial. La comunicación, en su dimensión más honda, no se reduce a intercambiar información ni a producir resultados medibles; es, ante todo, un acto interpersonal mediante el cual las personas se muestran, se entregan y se reconocen mutuamente. En el diálogo auténtico emerge algo radicalmente nuevo: una realidad que no existía previamente ni en los hablantes.

En este sentido, el lenguaje ocupa un lugar central. La palabra no es un simple signo convencional ni un instrumento neutro de transmisión, sino una mediación profunda de la verdad. Nombrar es hacer aparecer la realidad; es develar la esencia de aquello que existe. Cuando las palabras son fieles a la realidad que nombran, la verdad se manifiesta y se vuelve comunicable. Allí donde la palabra se vacía, se trivializa o se manipula, la verdad se oscurece y el vínculo humano se debilita o desaparece.

El problema surge cuando el lenguaje es desplazado por el algoritmo. La comunicación mediada por inteligencia artificial, aunque precisa y eficaz, corre el riesgo de convertirse en mera operación técnica: asociaciones de datos, patrones y probabilidades que simulan el diálogo sin construirlo realmente.

No obstante, sería injusto ignorar los beneficios que la inteligencia artificial puede aportar al ámbito comunicativo. Utilizada éticamente, puede apoyar la creatividad humana, mejorar la calidad de los contenidos, facilitar la personalización de mensajes, optimizar procesos, analizar grandes volúmenes de información y favorecer la claridad y accesibilidad del lenguaje.

Por su parte, el riesgo aparece cuando estos mismos beneficios se transforman en amenazas: desinformación y generación de noticias falsas, sesgos algorítmicos, violaciones a la privacidad, manipulación de conciencias, empobrecimiento del lenguaje y despersonalización de las relaciones humanas. En particular, preocupa que la comunicación digital, impulsada por la inteligencia artificial, fomente interacciones superficiales, reacciones inmediatas y polarizaciones agresivas, en lugar de procesos de escucha, reflexión y discernimiento. La proliferación de imágenes, emojis y mensajes breves puede debilitar la capacidad de expresar ideas complejas y de sostener diálogos significativos.

Frente a este panorama, se vuelve imprescindible reafirmar un principio fundamental: la inteligencia artificial debe ser siempre una herramienta al servicio de la persona y nunca un sustituto del encuentro humano. En el ámbito de la comunicación, esto implica custodiar la palabra, proteger el lenguaje y promover espacios donde el diálogo auténtico sea posible.

El desafío no consiste en rechazar la inteligencia artificial, sino en no olvidar el sentido humano de la comunicación.

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