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Cómo los intelectuales imaginaban la nación al subir a la sierra

Las naciones, contrariamente a lo que suelen suponer algunos nacionalistas, no son realidades eternas, sino construcciones humanas

Las naciones, contrariamente a lo que suelen suponer algunos nacionalistas, no son realidades eternas, sino construcciones humanas. En los distintos procesos de construcción de nación ocupa un lugar muy importante la práctica del viaje. En España, esta ha sido una de las actividades preferidas por un buen número de intelectuales desde el último cuarto del siglo XIX.

El gusto por viajar

En la actualidad, viajar está a la orden del día y forma parte de las actividades de ocio y tiempo libre de un buen número de personas a lo largo y ancho de todo el globo. Por ejemplo, según datos del Instituto Nacional de Estadística, la industria turística supuso en 2021 un 8 % del PIB español y generó un 11,4 % de los puestos de trabajo. Cifras que aumentan si atendemos a los datos previos a la declaración de la pandemia de coronavirus en 2020.

Pero esto no es algo que siempre haya sido así. En España, viajar por placer era algo desconocido hasta finales del siglo XIX. Entre los primeros en hacerlo se encuentran los profesores y alumnos de la Institución Libre de Enseñanza (en adelante, ILE), organización educativa fundada en 1876 por iniciativa de Francisco Giner de los Ríos y otros intelectuales de tendencias liberales y progresistas.

El viaje interior

Uno de los lugares más transitados por los profesores y alumnos de la ILE fue el entorno de la sierra de Guadarrama, entre las provincias de Madrid y Segovia. En la actualidad, se trata de una zona de recreo muy popular, donde encontrar aparcamiento puede ser una tarea complicada durante los fines de semana de mejor tiempo. Por ponerle cifras al asunto, solo el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama se estima que recibió en 2021 a 2 642 785 personas.

Pero a finales del siglo XIX la sierra de Guadarrama no era para nada ese lugar apacible y de fácil acceso que hoy conocemos. En 1883, año de la primera gran excursión institucionista por la zona, llegar al puerto de Navacerrada implicaba coger un tren en la antigua estación del Norte (hoy de Príncipe Pío) hasta Villalba, recorrer a pie o en diligencia unos veinte kilómetros de mala carretera y salvar un desnivel de casi 1 000 metros.

Es cierto que esta distancia se iría progresivamente reduciendo. Primero, con la ampliación de la vía férrea, que alcanzaría en 1923 el propio puerto de Navacerrada. En segundo lugar, por medio de su “civilización”, según soñaban los institucionistas en 1887.

Esta manera de pensar tiene sus paralelismos con otros mitos de construcción de nación como, por ejemplo, el de la colonización del “salvaje Oeste”. Los viajes al interior de la Península de los institucionistas y otros intelectuales urbanos pueden ser leídos en esta clave. Son maneras de construir espacios, producir símbolos e interiorizar relatos de lo que es, ha sido y debe ser el auténtico ser nacional.

Rituales viajeros

En la imaginación romántica de muchos intelectuales urbanos de la época, la sierra de Guadarrama era un lugar severo, agreste e inexplorado. Era lo que podríamos denominar una terra incognita. Por supuesto, en la sierra vivían personas, comunidades campesinas que muchas veces eran pensadas como parte del propio paisaje, es decir, como naturaleza.

Para los profesores y alumnos de la ILE recorrer la sierra no consistía solo en subir montañas, atravesar vados y sortear barrancos. Se trataba de una vivencia casi se podría decir que espiritual, mística o religiosa. Eran prácticas de tipo ritual, y se piensan mejor a la luz de modalidades del viaje como son la peregrinación que como prácticas simplemente deportivas.

Para Giner, por ejemplo, la sierra era ese lugar donde refugiarse de lo que denominaba “anémica vida ultra-urbana”. Y así hizo en los últimos años de su vida, en una casita construida en la subida del puerto de Navacerrada. También era ese lugar en el que, subido a alguno de sus montes, como el alto de las Guarramillas (más conocido como la Bola del Mundo), sobrecogerse de emoción y sentir “una impresión de recogimiento más profunda, más grande, más solemne, más verdaderamente religiosa”.

Por último, el Guadarrama no era un lugar cualquiera. Era el centro de lo que el propio Giner denominaba la “espina dorsal de España”. Una región que, a grandes rasgos, comprende lo que tradicionalmente ha sido denominado “Castilla”. La sierra de Guadarrama es, por tanto, un símbolo de nación. Y recorrerla, una de las estrategias de muchos intelectuales para imaginar, construir y producir identificaciones en las escalas local, regional y nacional.

¿Qué es una nación?

Desde el punto de vista de la antropología social, las naciones son artefactos culturales de tipo simbólico. Como decía el teórico del nacionalismo Benedict Anderson, una nación es una “comunidad política imaginada”. La primera tarea es explicar cómo se imagina y construye esta entidad tan cotidiana y, a la vez, tan enigmática. En segundo lugar, el reto es comprender por qué las naciones, aun cuando sean cosas imaginadas, son capaces de despertar en los individuos sentimientos y apegos tan profundos.

A esta complicada tarea contribuye el estudio y análisis de fenómenos sociales como el viaje o el excursionismo. Cosas en las que no reparamos demasiado, pero que son fundamentales para dar significado a nuestro mundo.

Rubén Corchete Martínez, Investigador predoctoral en Antropología Social y Cultural, UNED – Universidad Nacional de Educación a Distancia

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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