En un movimiento que marca un quiebre significativo con el pasado, la Alianza de Estados del Sahel (AES), formada por Malí, Níger y Burkina Faso, ha establecido un banco regional de desarrollo. El objetivo principal es forjar la autonomía financiera de la región y reducir la dependencia de los organismos internacionales, cuya asistencia ha sido percibida como insuficiente para impulsar un crecimiento económico sostenible. Décadas de ayuda exterior han tenido un impacto limitado en una de las regiones más pobres del mundo, lo que ha exacerbado la frustración y ha impulsado a estos países a buscar un nuevo camino.
Este nuevo «Banco Confederal para la Inversión y el Desarrollo» (BCID) surge en un contexto de inestabilidad política y una creciente desconfianza hacia los países occidentales. Con un capital inicial de alrededor de 762 millones de euros, la financiación provendrá de los propios Estados miembros, con una parte de sus ingresos fiscales y mineros. Este enfoque busca romper con las condicionalidades y la agenda impuesta por los donantes tradicionales, buscando un control total sobre sus proyectos de desarrollo.
Sin embargo, el proyecto enfrenta serios desafíos. Expertos advierten sobre la necesidad de una gobernanza eficaz y transparente para atraer la inversión privada, vital para su éxito. La capacidad del banco para financiar proyectos de gran escala, como la infraestructura o el desarrollo agrícola, aún es incierta. La iniciativa es un paso más en la reconfiguración geopolítica de la región, que busca nuevas alianzas y un mayor control sobre su destino económico.