Hace un mes, la política venezolana se sacudió con una intervención militar de Estados Unidos que terminó con la captura del presidente Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores, durante una operación realizada en la madrugada del 3 de enero. Tras ser trasladados a Nueva York para enfrentar cargos federales en esa jurisdicción, el vacío de poder generado abrió una etapa de cambios profundos en el país sudamericano que, hasta hace poco, parecían impensables.
La primera transformación se dio en la dirigencia política. Con Maduro fuera del país, la vicepresidenta Delcy Rodríguez asumió la presidencia interina de Venezuela, respaldada por el Tribunal Supremo de Justicia local. Aunque la Constitución venezolana establece reglas específicas para reemplazos, esta transición se produjo sin convocar de inmediato a elecciones nacionales, consolidando un liderazgo que debe navegar entre la legitimidad interna y la presión externa.
Un segundo cambio evidente se relaciona con el ámbito de las libertades civiles y políticas. El nuevo gobierno ordenó la liberación de centenares de presos políticos y opositores que estaban detenidos bajo procesos que organizaciones internacionales habían condenado como arbitrarios. También se anunció un proyecto de ley de amnistía más amplio, que busca cubrir crímenes políticos desde 1999, y se contempla el cierre del Helicoide, una prisión emblemática por violaciones de derechos humanos.
En el terreno social, el ambiente dentro de Venezuela muestra tensiones mixtas. Por un lado, sectores de la oposición y familiares de los excarcelados han celebrado la apertura y la reducción de represión; por otro, siguen movilizaciones de simpatizantes de Maduro exigiendo su liberación, evidenciando que el país permanece dividido. La disminución del miedo a las protestas es relativa y las manifestaciones vuelven a tomar espacios públicos con menor represión que en el pasado.
Un cuarto cambio significativo se observa en el enfoque económico y en las relaciones internacionales. Bajo la presidencia interina de Rodríguez y con el apoyo de Estados Unidos, Venezuela ha empezado a reconfigurar su sector energético, permitiendo la participación privada y levantando algunas sanciones, una señal de posible apertura frente a inversionistas extranjeros. Además, movimientos como la reapertura del espacio aéreo comercial con Estados Unidos apuntan a una normalización de vínculos que durante años estuvieron tensos.
Los impactos de estos cambios son relevantes no solo dentro de Venezuela. La intervención estadounidense y su papel en la transición venezolana han generado debates sobre soberanía, legalidad del uso de la fuerza y el papel de potencias externas en América Latina. Países de la región observan con atención la evolución política y social en Venezuela, cuyo desenlace tendrá implicaciones en los equilibrios geopolíticos y humanitarios del continente.
En este primer mes sin Maduro en el poder, la abrupta transformación venezolana sigue en curso, con efectos que probablemente marcarán la política regional en los próximos meses y cuestionarán paradigmas sobre intervención, autonomía y reconstrucción democrática.




