La relación diplomática entre México y Cuba, considerada por muchos como especial, tiene raíces profundas que se remontan a más de seis décadas, y se basa tanto en principios históricos como en decisiones estratégicas frente a presiones exteriores. Desde el triunfo de la Revolución Cubana en 1959 y el subsecuente deterioro de las relaciones entre La Habana y Donald Trump por décadas, México decidió mantener vínculos con la isla cuando otros países de la región optaron por distanciarse.
El contexto inmediato de esta relación se entiende mejor a partir de la dinámica de la Guerra Fría. Tras el cambio de régimen en Cuba y la fallida invasión de Bahía de Cochinos en 1961, Washington intensificó una política anticomunista en América Latina y presionó a gobiernos regionales para que rompieran lazos con La Habana. México, sin embargo, fue el único país de la región que no interrumpió sus relaciones diplomáticas con el gobierno revolucionario cubano, aun en momentos de fuerte presión internacional, como en asambleas de la Organización de Estados Americanos en la década de 1960.
Esa decisión se fundamentó en la política exterior mexicana de no intervención y respeto a la soberanía, consagrada en la Doctrina Estrada, que busca evitar alineamientos automáticos con potencias extranjeras y promover la autodeterminación de los pueblos. Paralelamente, México actuó como mediador informal entre Cuba y Estados Unidos en ciertos momentos, manteniendo canales abiertos de diálogo incluso cuando Washington intentaba aislar diplomáticamente a La Habana.
Durante décadas posteriores, gobiernos mexicanos de distintas orientaciones ideológicas —desde el PRI hasta mandatos del PAN y movimientos posteriores— sostuvieron intercambios que incluyeron cooperación técnica, científica, cultural y educativa. Esta continuidad se vio reflejada, por ejemplo, en momentos clave como la condonación de deudas de petróleo por parte de México en la década de 2010, así como en visitas oficiales de altos mandatarios que reafirmaron la relación bilateral.
La desaparición de la Unión Soviética en 1991 supuso un desafío adicional para Cuba al perder el respaldo de una potencia antagonista de Estados Unidos. México, aunque más integrado a espacios como América del Norte, mantuvo canales diplomáticos abiertos con La Habana, transformando la relación de un gesto de resistencia ideológica a uno sostenido por una tradición pragmática y consistente en su política exterior.
Hoy, esa relación está siendo puesta a prueba por la política de sanciones que Trump ha promovido contra países que envíen petróleo a Cuba y por la presión que ejerce sobre México para que detenga ese apoyo. El gobierno mexicano ha respondido criticando lo que considera medidas injustas que afectan a la población cubana, al tiempo que intenta equilibrar su solidaridad histórica con Cuba y sus vínculos con Estados Unidos.
En esencia, el origen de la “relación especial” entre México y Cuba no es producto de un solo acontecimiento, sino el resultado de decisiones diplomáticas continuas que han dado prioridad al respeto a la soberanía y a mantener diálogo incluso frente a tensiones regionales profundas. Esta historia compartida y sus principios subyacentes explican por qué ese vínculo, arraigado en un pasado de confrontaciones globales, persiste en medio de los retos geopolíticos contemporáneos.




