28 de octubre de 2026

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10 de febrero de 2026

Expectativas: la nueva economía

Cuando la política devora al gobierno, crece el ruido y cae la inversión: la economía vive de expectativas. Sin técnica, evidencia y Estado de derecho, México paga la década.

Coyuntura económica y algo más

Si gobiernas con slogans, no te quejes de vivir de rumores…

– Macraf

Hoy la línea entre política y gobierno ya no está “delgada”: está pisoteada. Y lo peor no es el espectáculo —ese siempre vende—, sino el costo económico de confundir campaña con administración pública. Gobernar debería ser el ejercicio del poder para mejorar la calidad de vida de todas las personas, sin preguntar ideología, apellido o código postal. Hacer política es el camino para llegar a ese poder. El problema es que, en México y en buena parte del mundo, ese camino se tragó al destino: lo electoral domina lo técnico, y luego nos sorprendemos de que el discurso choque con la realidad.

Porque seamos honestos: la mayoría no vota por “la base ideológica”. Eso lo discuten los cuadros, los militantes y los fans. La mayoría vota por algo mucho más práctico: por quien le da más confianza para resolver lo básico. Seguridad, salud, educación, empleo, vivienda, transporte, servicios públicos. Nadie se despierta pensando en doctrina; se despierta pensando en si habrá medicinas, si alcanzará para la renta, si no lo van a asaltar, si encontrará chamba, si su hijo aprenderá algo útil. La vida cotidiana no tiene ideología: simplemente pasa.

Y justo por eso, cuando la política se come al gobierno, el país se queda sin brújula. Porque lo técnico exige diagnóstico, restricciones, prioridades reales y decisiones impopulares a veces. Lo electoral exige aplauso rápido, enemigo claro, relato simple y promesa fácil. Lo técnico mide resultados; lo electoral mide likes. Lo técnico corrige; lo electoral justifica. Y cuando esa lógica manda, la administración pública deja de ser un instrumento de bienestar y se convierte en una maquinaria de permanencia.

Hay una razón adicional por la que esta confusión es tan dañina: los datos siempre llegan tarde. No porque la realidad tarde, sino porque la medición tiene rezagos. Entonces el país vive —y decide— con lo que sí está disponible en tiempo real: expectativas, posibilidades y escenarios. En otras palabras: vivimos en una economía donde el presente se interpreta con herramientas imperfectas y el futuro se imagina con información incompleta. Esto no sería un problema si el gobierno fuera serio, técnico y disciplinado. Pero se vuelve un problema gigantesco cuando la moradora de palacio gobierna más para la arena política que para la arena técnica. Porque en ese caso no se siembra certidumbre: se siembra ruido.

Y la economía odia el ruido. El ruido frena inversión, congela proyectos, encarece decisiones, empuja a las empresas a “esperar tantito” y obliga a los hogares a vivir al día. Por eso una encuesta de expectativas vale tanto: no te cuenta lo que el discurso quiere que creas; te cuenta lo que quienes observan el tablero están anticipando. Cuando el consenso empieza a señalar que los principales riesgos para crecer no son “externos” sino internos, la conversación se vuelve incómoda: inseguridad, debilidad institucional, decisiones de política pública mal calibradas, mensajes contradictorios, incertidumbre en reglas. Todo eso no se resuelve con narrativa. Se resuelve gobernando.

Y aquí aparece una ironía cruel: en teoría, votamos por confianza para que nos resuelvan lo esencial, pero terminamos atrapados en un sistema donde se gobierna como si la prioridad fuera conservar el poder. La corcholata mayor puede repetir que “vamos bien”, pero si el mercado, las familias y los inversionistas se comportan como si “no están seguros”, entonces no importa cuántas veces se repita el slogan: la conducta real manda. Nadie invierte por fe; invierte por certeza. Nadie contrata por lealtad; contrata por perspectivas. Nadie ahorra por discurso; ahorra cuando cree que hay futuro.

Y si quieres ver la realidad sin maquillaje, asómate a las remesas. Las remesas son economía sin ideología. Son dinero que llega para comer, pagar renta, medicinas, escuela, transporte y deuda. Son el recordatorio más incómodo de que el “bienestar” no se decreta: se sostiene con ingresos. Cuando el flujo anual se enfría, miles de hogares lo sienten antes que cualquier indicador elegante. No es un tema “de color”: es la prueba de que el consumo no es un acto político, sino una necesidad. Por eso el país puede estar lleno de discursos, pero la gente sigue preguntándose lo mismo: ¿me alcanza?, ¿me curo?, ¿me protejo?, ¿me muevo?, ¿me educo?, ¿sobrevivo?

Entonces la pregunta vuelve con más fuerza: si la gente vota buscando que le resuelvan lo básico, ¿por qué los gobiernos insisten en gobernar como si todo fuera estrategia electoral permanente? Porque cuando la política devora al gobierno, la prioridad deja de ser resolver y pasa a ser controlar. Controlar la agenda, controlar el relato, controlar la conversación pública, controlar la crítica, controlar las instituciones. Y mientras tanto, los problemas que sí importan se quedan ahí, creciendo como deuda invisible: seguridad, salud, educación, empleo y Estado de derecho. Y como esos no se arreglan con mañaneras, el país termina viviendo —otra vez— de expectativas.

La salida no es “quitarle política” a la democracia, eso sería infantil. La salida es recuperar el sentido básico de gobernar: decidir con evidencia, asumir costos, rendir cuentas, corregir rumbo y proteger lo común. Separar la ambición personal del diseño de política pública. Separar propaganda de diagnóstico. Separar aplauso de resultado. Porque al final puedes ganar la discusión del día… y perder el crecimiento de la década. Y ahí no hay slogan que alcance: la realidad no se convence, se enfrenta.

“Así, así los tiempos estelares del segundo piso, de la transformación de cuarta.”

✒️ El apunte incómodo

La salida de Adán Augusto de la coordinación de senadores de Morena para ir a hacer “trabajo político territorial” es el tipo de movimiento que, en cualquier democracia decente, exigiría dos cosas: explicaciones y consecuencias. Aquí, en cambio, parece un intercambio de cortesía: tú te quitas, dejas el camino libre, no preguntas, no incomodas… y a cambio te cuidan. Porque si algo ha perfeccionado esta élite es el arte de la protección interna: el silencio como moneda, la disciplina como seguro, la impunidad como premio por obediencia.

Lo más tragicómico es la excusa. “Trabajo político territorial”, dicen. Como si fuera una misión patriótica, casi altruista. Pero lo que se interpreta en la calle es otra cosa: es reacomodo, es contención, es control de daños. Y también es cubrir el hueco que el junior del nuevo morador de Palenque no puede llenar. Porque, se supone, el secretario de organización está para eso: organizar. Pero si no puede ni organizar a sus cercanos, ¿qué se espera de una elección? Entonces mandan a Adán: a hacer lo que el cargo del junior promete y no entrega.

Y mientras Adán se va sin dar más explicación, en Palacio guardan silencio por sobrevivencia. No por prudencia, no por respeto institucional: por instinto. Porque cuando el poder se construye con lealtades y no con resultados, el silencio no es discreción: es estrategia. Y la estrategia, ya lo vimos, siempre termina costándole al país más que a los políticos.

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