El aumento de casos de sarampión en México volvió a colocar a la vacunación en el centro del debate sanitario. La expansión del virus, que ya suma miles de contagios y defunciones confirmadas, no responde a una mutación inesperada ni a la falta de tratamientos, sino a un factor conocido: la disminución de coberturas de inmunización en los últimos años.
Los reportes oficiales muestran que la mayoría de las personas que enfermaron no contaba con esquema completo de vacunación. Este patrón se repite en los distintos grupos de edad, aunque el impacto es mayor en la infancia, particularmente entre uno y cuatro años.
La enfermedad dejó de concentrarse en zonas específicas y se extendió a todo el país, con mayor presencia en entidades que ya enfrentaban rezagos en cobertura. En algunas ciudades se han requerido hospitalizaciones y se mantienen investigaciones para determinar la causa de fallecimientos asociados al virus.
Este comportamiento refleja la alta capacidad de transmisión del sarampión: basta con que existan grupos sin protección para que el brote encuentre condiciones para expandirse.

Vacunación como barrera colectiva
La estrategia sanitaria se ha centrado en ampliar la aplicación de dosis en unidades médicas y módulos instalados en espacios públicos. Más allá del número de vacunas aplicadas, el objetivo es cerrar las brechas en las personas que nunca recibieron la inmunización o tienen esquemas incompletos.
La lógica epidemiológica es clara: cuando aumenta la cobertura, disminuye la circulación del virus. Esto no solo protege a quien recibe la vacuna, sino también a quienes no pueden hacerlo por razones médicas.
El repunte del sarampión tiene efectos que van más allá de las estadísticas. Implica ausentismo escolar, gastos familiares, hospitalizaciones y riesgo de complicaciones graves en menores de edad. En términos de bienestar, se trata de una enfermedad que puede prevenirse con una intervención disponible en el sistema público de salud.
La situación también obliga a reforzar la vigilancia epidemiológica y la detección oportuna de casos para cortar cadenas de transmisión.
Prevención como política de salud pública
El brote actual funciona como recordatorio de que el control del sarampión depende de mantener coberturas altas de vacunación de forma sostenida. No se trata solo de responder a una emergencia, sino de garantizar esquemas completos en la población.
En un país con alta movilidad y densidad urbana, la protección colectiva se vuelve una condición indispensable para evitar que una enfermedad prevenible vuelva a convertirse en un problema de alcance nacional.



