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Leyes anti-ONG avanzan y cierran espacio cívico

Seis países de América aprobaron normas que amplían controles sobre organizaciones civiles y profundizan el cierre del espacio cívico regional.

Entre 2024 y 2025, Nicaragua, Venezuela, Paraguay, Perú, El Salvador y Ecuador avanzaron en la aprobación o reforma de normas que amplían el control estatal sobre las organizaciones de la sociedad civil. Bajo argumentos de transparencia, seguridad nacional o supervisión administrativa, estas disposiciones modificaron las condiciones de operación de asociaciones, fundaciones y colectivos que trabajan en derechos humanos, medioambiente, pueblos indígenas, diversidad sexual, transparencia, justicia y acompañamiento comunitario.

El mapa regional muestra una secuencia convergente. En Venezuela y Paraguay, las nuevas leyes fueron publicadas el 15 de noviembre de 2024. En Perú, la reforma fue publicada el 15 de abril de 2025; en El Salvador, la ley correspondiente quedó fechada el 23 de mayo de 2025; y en Ecuador, la norma fue publicada el 28 de agosto de 2025. En Nicaragua, el marco restrictivo ya venía operando desde años previos, pero siguió acumulando efectos con reformas adicionales y nuevas herramientas administrativas.

En conjunto, el cambio no se limita a la creación de nuevas obligaciones legales. También reordena la relación entre los gobiernos y la sociedad civil, porque traslada a las autoridades un margen más amplio para registrar, vigilar, sancionar, suspender o bloquear la labor de organizaciones independientes. El resultado es un entorno regional donde la actividad asociativa queda cada vez más expuesta a filtros políticos, cargas burocráticas y riesgos de represalia.

Amnistía Internacional identificó diez patrones compartidos en estas legislaciones. Entre ellos destacan la estigmatización previa a la aprobación de las normas, la falta de diálogo público suficiente, el uso de conceptos vagos, la transformación de registros en mecanismos de autorización previa, las cargas administrativas desproporcionadas, el control sobre el financiamiento externo, los riesgos a la privacidad de donantes y beneficiarios, los regímenes sancionatorios severos, la posibilidad de disolver organizaciones y la criminalización de integrantes y personas defensoras.

Ese patrón común permite leer el fenómeno como algo más que una suma de decisiones nacionales aisladas. Lo que aparece es una tendencia regional en la que la regulación de la vida asociativa deja de operar como un marco administrativo y empieza a funcionar como un instrumento de control político e institucional. La consecuencia geopolítica es relevante: el espacio cívico, entendido como el ámbito donde la sociedad puede organizarse, incidir, denunciar y acompañar a comunidades, se reduce en varios países al mismo tiempo.

El proceso también muestra una dimensión narrativa. Antes y durante la aprobación de estas normas, las organizaciones fueron presentadas en distintos contextos como actores sospechosos, desestabilizadores, antipatrias, interferencias extranjeras o estructuras opuestas al interés nacional. Ese tipo de discurso cambia el terreno del debate público. La discusión deja de centrarse en el contenido técnico de las leyes y se desplaza hacia la desconfianza sobre la legitimidad de quienes integran la sociedad civil organizada.

A eso se suma otro rasgo importante: muchas de estas normas avanzaron en contextos de concentración de poder, debilitamiento de contrapesos y hostilidad frente a voces críticas. La región no enfrenta únicamente una discusión sobre regulación administrativa, sino una disputa más amplia sobre el lugar de la vigilancia ciudadana, la rendición de cuentas y la autonomía social frente al Estado.

Los países involucrados no son idénticos entre sí, ni sus leyes reproducen exactamente el mismo diseño. Sin embargo, las similitudes son suficientes para hablar de una fórmula regional: más requisitos, más control de fondos, más exposición de datos, más discrecionalidad y más capacidad estatal para convertir trámites en instrumentos de castigo o exclusión.

Lo que sigue será decisivo. En varios casos ya existen reglamentos, mecanismos de implementación y experiencias concretas de aplicación. Eso significa que la discusión regional ya no está en la fase de advertencia, sino en la de efectos acumulados. La evolución de estas normas definirá no solo el margen de maniobra de las organizaciones civiles, sino también la capacidad de las sociedades latinoamericanas para sostener contrapesos no estatales, redes de solidaridad y espacios de denuncia en contextos de presión creciente.

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