La generación que hoy tiene entre 18 y 30 años reescribió las reglas del consumo. No es que no ahorre: elige con precisión quirúrgica dónde recortar y dónde no ceder. El Índice Joven 2026, un relevamiento sobre hábitos de consumo entre jóvenes argentinos publicado en abril de este año, retrata con números esa lógica: los mismos que comparten el plan familiar de Spotify, dividen el WiFi entre roommates y fraccionan un combo de comida para ahorrar unos pesos, no dudan en pagar 80.500 pesos por una entrada de campo general para ver a Lali, o hasta 120.000 pesos por una platea para Ricky Martin en el Campo Argentino de Polo. El estudio calcula que solo con esas decisiones cotidianas «inteligentes» —evitar el delivery innecesario, compartir suscripciones— un joven puede financiarse casi tres recitales nacionales al mes. El gasto no se discute: se reorganiza el resto del presupuesto alrededor de él.
Este fenómeno no es exclusivo de Argentina ni un capricho aislado. En España, un estudio reciente sobre consumo juvenil determinó que siete de cada diez jóvenes priorizan invertir en conciertos y experiencias de ocio antes que en bienes materiales, una tendencia particularmente marcada entre la Generación Z. Los investigadores detrás de ese trabajo bautizaron el fenómeno como «funflation»: la tendencia a sostener, e incluso aumentar, el gasto en ocio pese a la presión económica y la inflación. La explicación no es solo hedonismo. Los conciertos y festivales funcionan como espacios de evasión y bienestar emocional, y para buena parte de esta generación representan una forma de desconexión que ya no encuentran en el consumo de objetos.
El salto hacia el lujo experiencial confirma la tendencia en su versión más extrema. Según un informe sobre el sector de artículos de lujo en España, entre el 35% y el 40% de los consumidores de ese segmento pertenecen hoy a millennials o a la Generación Z, y su peso crece año a año. La diferencia con generaciones anteriores es de fondo: mientras un comprador de lujo tradicional apostaba por la posesión ostentosa —un reloj, una joya—, el joven de hoy prefiere invertir en un viaje memorable o en un festival VIP. La propiedad material dejó de ser el indicador de estatus que fue durante décadas; en su lugar, ganan terreno el tiempo, la libertad de elección y los vínculos que se construyen alrededor de una experiencia compartida.
Pero el patrón no es uniforme ni garantiza la supervivencia de todo el negocio de eventos en vivo. Datos de la consultora GWI muestran que apenas el 29% de la Generación Z busca activamente música en vivo, y que este grupo etario reduce específicamente su asistencia a festivales de cartel amplio. La razón: la Generación Z concentra el gasto en el artista puntual que le interesa, no en la apuesta general de un festival con quince nombres. Si debe elegir entre 300 euros por un festival completo o 150 euros por ver a su artista favorito en un show individual, opta por lo segundo. A esto se suma que el techo de gasto de estos jóvenes dentro de un recinto es más bajo que el de los millennials: llegan con menos colchón económico, consumen menos alcohol y ya gastaron buena parte de su presupuesto en entrada y traslado antes de cruzar la puerta.
El resultado es un mercado que se polariza: crece el gasto total en experiencias, pero se concentra cada vez más en momentos puntuales de alto valor emocional, y castiga a los formatos que no logran ofrecer esa conexión directa entre el consumidor y lo que realmente le importa.


