La salida de Micah Parsons de los Dallas Cowboys confirma un quiebre que parecía inevitable. El defensivo estelar de 26 años, tres veces finalista al premio de Defensivo del Año, forzó su traspaso a los Green Bay Packers tras meses de tensiones y acusaciones de falta de respeto en las negociaciones.
El conflicto inició en 2024, cuando los Cowboys se negaron a darle la extensión contractual que reclamaba. Según la directiva, existía un principio de acuerdo para convertirlo en el jugador defensivo mejor pagado de la NFL. Sin embargo, Parsons acusó que el equipo incluso intentó negociar sin su agente y que su salario en la opción de quinto año había sido calculado como ala defensiva, reduciendo su ingreso en casi cinco millones de dólares.
La relación se deterioró al punto de que Parsons se presentó en entrenamientos sin participar, argumentando molestias físicas que las pruebas médicas desmintieron. Ante el bloqueo, Dallas aceptó enviarlo a los Packers, una decisión cuestionable considerando el historial de enfrentamientos en postemporada entre ambas franquicias.
El acuerdo incluye dos selecciones de primera ronda (2026 y 2027) y al tackle defensivo Kenny Clark, aunque buena parte de sus bonos serán cubiertos por Green Bay. Para los Packers, el movimiento es un triunfo: aseguran al jugador con más presiones a mariscales desde 2021 y lo blindan con un contrato histórico de 188 millones de dólares, 134 de ellos garantizados.
Para Dallas, la operación deja dudas. Renuncian a su pieza más dominante a cambio de futuro incierto, mientras un rival directo en la Conferencia Nacional se fortalece con uno de los talentos más disruptivos de la liga. La falta de visión podría perseguirlos por años.