La relación entre México y Cuba atraviesa uno de sus momentos más sensibles en décadas a partir de la nueva ofensiva política impulsada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, contra el gobierno cubano. A finales de enero, Washington anunció una orden para sancionar a los países que envíen petróleo a La Habana, como parte de una estrategia para reforzar el embargo económico y aumentar la presión sobre la isla. El mandatario estadounidense aseguró que busca un “trato” con Cuba, aunque no precisó los términos ni los alcances de esa posible negociación.
Este nuevo escenario coloca a México en una posición compleja. La presidenta Claudia Sheinbaum ha criticado abiertamente la imposición de sanciones a los envíos petroleros hacia Cuba, al considerar que se trata de una medida injusta. Sin embargo, su administración también ha tomado decisiones que muestran un ajuste en la estrategia: se canceló la carga de más buques con combustible destinados a la isla, práctica que se había mantenido en años recientes. Al mismo tiempo, el gobierno mexicano incrementó el envío de ayuda humanitaria como muestra de solidaridad con la población cubana.
La postura mexicana no surge de manera improvisada. Desde la Revolución Cubana de 1959, los distintos gobiernos mexicanos, sin importar su orientación política, han mantenido cooperación con La Habana. Esa continuidad ha sido parte de la política exterior del país durante más de seis décadas. En ese periodo, Cuba ha estado gobernada por los hermanos Castro y actualmente por Miguel Díaz-Canel, en un contexto de tensiones constantes con Washington.
La reciente decisión estadounidense reconfigura el entorno regional. Después de centrar su atención en Venezuela a inicios de año, la estrategia de Estados Unidos se ha enfocado nuevamente en Cuba, reforzando un esquema de presión económica que tiene efectos indirectos en terceros países que mantienen vínculos con la isla. En ese marco, México enfrenta el reto de sostener su tradición diplomática de apoyo histórico a Cuba sin comprometer su relación estratégica con Estados Unidos, su principal socio comercial.
El equilibrio que busca el gobierno mexicano refleja las implicaciones institucionales y económicas que puede generar una confrontación abierta. Ajustar los envíos petroleros y reforzar la ayuda humanitaria son decisiones que muestran un intento de conciliación entre principios históricos de política exterior y realidades geopolíticas actuales. La llamada “relación especial” entre México y Cuba, forjada desde 1959, vuelve así a ponerse a prueba bajo un escenario de presión internacional que redefine los márgenes de acción del gobierno mexicano.




