2 de octubre de 2026

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Trump juega con el T-MEC y México pone la economía

Trump convirtió la revisión del T-MEC en un instrumento de presión. México llega al 1 de julio con exportaciones, inversión y empleo colgando de una mesa que ya no es solo comercial.

I. El momento más tenso en 30 años de comercio norteamericano

El miércoles 18 de junio de 2026, Marcelo Ebrard publicó en su cuenta de X un video desde Washington: acababa de concluir la segunda ronda de negociaciones para la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). El tono fue mesurado, casi diplomático. Pero lo que no dijo fue, quizás, más revelador que lo que sí dijo.

Apenas unas horas antes, el presidente Donald Trump había vuelto a encender los mercados con una declaración que ya se ha vuelto un patrón: «Preferiría no tener el T-MEC, pero estoy abierto a hacerlo.» No era la primera vez que lo decía. No sería la última.

En menos de dos semanas —el 1 de julio de 2026— los tres países se reunirán virtualmente para inaugurar la revisión formal del tratado que rige la mayor parte del comercio en América del Norte. Lo que se decida en los próximos meses determinará las condiciones en las que operará la economía mexicana durante, potencialmente, los próximos 16 años.

¿Qué es exactamente la «revisión conjunta» del T-MEC?

El T-MEC entró en vigor en julio de 2020 en sustitución del antiguo TLCAN. A diferencia de su predecesor, incluyó una cláusula de revisión obligatoria (conocida como sunset clause): a los seis años de vigencia —es decir, en 2026— los tres países deben reunirse formalmente para evaluar si el tratado continúa, se modifica o entra en un proceso de revisiones anuales que, de no resolverse, conduciría a su extinción en 2036. La revisión no es una renegociación automática: es una decisión política y técnica que requiere consenso de las tres partes.

II. El calendario que no da respiro: tres rondas, una fecha límite

El proceso previo a la revisión formal se ha desarrollado a un ritmo inusualmente acelerado. La arquitectura de las negociaciones quedó definida en tres rondas bilaterales entre México y Estados Unidos —Canadá ha estado notablemente ausente de esta fase, sumida en su propia tensión comercial con Washington.

27–29 de mayo, Ciudad de México. Primera ronda formal. Encabezada por Ebrard y el embajador Jeff Goettman, representante comercial adjunto de la USTR. Temas centrales: reglas de origen automotriz, acero, aluminio y seguridad económica regional. Saldo oficial: «positivo». Saldo real: un nudo sin resolver sobre la exigencia estadounidense de que al menos el 50% del valor de cada vehículo fabricado en Norteamérica provenga específicamente de territorio estadounidense.

15–18 de junio, Washington D.C. Segunda ronda. La agenda se amplió para incluir agricultura, condiciones de competencia equitativa, medio ambiente y trabajo, además de retomar las reglas de origen. La participación del representante comercial Jamieson Greer fue limitada a un solo día —el resto del tiempo estuvo en el G7 acompañando a Trump. Ebrard confirmó el cierre de esta ronda el 18 de junio.

Semana del 20 de julio, Ciudad de México. Tercera ronda. Objetivo declarado: cerrar los puntos pendientes antes de la revisión conjunta. Es, en la práctica, la última oportunidad de llegar con acuerdos técnicos a la mesa formal.

1 de julio de 2026. Reunión virtual trilateral. Arranque oficial de la revisión conjunta del T-MEC. Fecha límite para que los tres países definan su postura.

El ritmo es deliberadamente apretado. Y la pregunta que recorre los pasillos de la Secretaría de Economía, los despachos de abogados corporativos y las plantas del Bajío es siempre la misma: ¿con qué sale México de esta mesa?

III. Lo que está en juego: no es solo un tratado

Hablar del T-MEC como «un acuerdo comercial» es quedarse muy corto. En términos prácticos, el tratado es la columna vertebral de la economía mexicana tal como la conocemos hoy.

Las exportaciones hacia Estados Unidos representan más del 30% del Producto Interno Bruto de México. No existe otro motor de crecimiento comparable: ni la inversión pública, ni el consumo interno, ni ningún otro socio comercial se acerca siquiera a esa cifra. El T-MEC es la infraestructura invisible detrás de cada automóvil ensamblado en Guanajuato, cada pantalla plana exportada desde Tijuana, cada ton de aguacate que cruza el puente Anzaldúas.

«La integración que durante años fue una fortaleza hoy funciona como un canal de presión en contra de México. A diferencia de Canadá, que ha diversificado parcialmente sus relaciones comerciales, México ha profundizado su integración con su vecino del norte.» — Análisis de EconomeX, abril de 2026

El sector automotriz es el caso más ilustrativo —y el más explosivo en esta negociación. México es el cuarto exportador mundial de vehículos. Las cadenas de suministro que alimentan las plantas de Ford, GM, Stellantis, Volkswagen, BMW y Toyota en territorio mexicano están tan integradas con las de Estados Unidos que separar dónde termina un país y dónde empieza el otro es, en muchos casos, técnicamente imposible.

Es en ese contexto donde la exigencia de Washington adquiere su verdadera dimensión: que el 50% del valor de cada vehículo sea de origen específicamente estadounidense —no solo norteamericano— implicaría redeseñar cadenas productivas que llevan décadas construyéndose. Ebrard rechazó la propuesta en la primera ronda. México no ha presentado una contrapropuesta numérica. El nudo sigue ahí.

IV. La postura de Trump: ambigüedad como estrategia

El 17 de junio de 2026, durante una breve conversación con periodistas en París, Donald Trump fue directo: «I would rather not have the USMCA.» Preferiría no tener el T-MEC. Fue la enunciación más cruda de una postura que lleva meses filtrándose por distintos canales.

Pero la misma semana, en la reunión del G7, Trump calificó su relación con la presidenta Claudia Sheinbaum como «muy buena y productiva». Y el propio representante comercial Jamieson Greer, cuando se le preguntó si Estados Unidos podría retirarse del tratado, respondió con una mezcla de amenaza y apertura que resume bien la estrategia de Washington: «Eso siempre es un escenario. La opinión del presidente es que solo quiere acuerdos que sean buenos.»

¿Puede Trump «matar» el T-MEC en 2026?

La respuesta corta es: no unilateralmente, y no de forma inmediata. El T-MEC, a diferencia del antiguo TLCAN, no permite una salida unilateral mediante una simple notificación de seis meses. La cláusula de revisión obligatoria fue diseñada precisamente para evitar ese escenario. Si la revisión conjunta no concluye con un acuerdo de extensión, el tratado no desaparece automáticamente: entra en un ciclo de revisiones anuales que podría extenderse hasta 2036. En ese escenario, como advirtió el exembajador Arturo Sarukhan, Washington tendría un «punto de presión muy importante» sobre México durante al menos tres años más, vinculando siempre las negociaciones comerciales con exigencias en materia de seguridad y narcotráfico. La amenaza de Trump es, en parte, jurídicamente falsa. Pero sus consecuencias prácticas son muy reales.

El patrón de conducta de Trump en este proceso es deliberado: las amenazas de ruptura no son un accidente retórico, son una herramienta de negociación. Al mantener viva la posibilidad de que el T-MEC «expire», Washington logra que sus socios lleguen a la mesa en una posición defensiva, dispuestos a hacer concesiones para evitar el peor escenario. México y Canadá han caído —con distintos grados de conciencia— en esa dinámica.

V. Los temas calientes: dónde se juega el partido

Reglas de origen automotriz

Es el nudo central. La exigencia estadounidense de que el 50% del valor de un vehículo sea de origen específicamente norteamericano —con énfasis en «específicamente estadounidense»— chocaría contra la lógica de cadenas productivas integradas que han hecho de América del Norte una plataforma competitiva frente a Asia y Europa. México ha aceptado en principio fortalecer las reglas de origen, pero sobre la base de la producción regional, no de un solo país. La brecha entre ambas posiciones es todavía significativa.

Agricultura

Incorporado a la agenda en la segunda ronda, el sector agrícola abre un frente sensible para México. Estados Unidos ha presionado por mayor acceso a mercados para productos como maíz transgénico y carne de res. México, por su parte, mantiene restricciones fitosanitarias y soberanía alimentaria como líneas que no puede cruzar sin costo político interno. El aguacate, el tomate y la cerveza —productos icónicos de la exportación agroalimentaria mexicana— también están implícitamente en la mesa.

Seguridad económica y nearshoring

Washington busca que el T-MEC funcione también como un muro frente a la inversión china en México. La preocupación de fondo es que empresas chinas establezcan plantas en territorio mexicano para exportar a Estados Unidos bajo las preferencias del tratado. México ha adoptado ya aranceles a más de 1,460 fracciones arancelarias de países sin tratado de libre comercio —una señal clara de que está dispuesto a alinearse con esa agenda—, pero la definición exacta de los mecanismos sigue siendo materia de negociación.

Trabajo, medio ambiente y competencia equitativa

El T-MEC original ya incluía compromisos laborales y ambientales más estrictos que el TLCAN. Washington quiere que México acelere su implementación —particularmente en materia de derechos sindicales— y que las condiciones de competencia sean más simétricas. México argumenta que ha avanzado y que la reforma laboral de 2019 ya cumple con los compromisos.

VI. El elefante en la habitación: Canadá y la fractura trilateral

Una de las tensiones más evidentes de esta revisión es que ha operado, en la práctica, como un proceso bilateral entre México y Estados Unidos. Canadá ha estado notablemente ausente de las rondas técnicas, sumida en su propia guerra comercial con Washington.

Jamieson Greer ha señalado diferencias «significativas» con Ottawa, particularmente por el rechazo canadiense a los aranceles estadounidenses sobre acero, aluminio y automóviles. Canadá ha respondido con medidas recíprocas y ha llegado a explorar proveedores militares europeos como alternativa a los estadounidenses —un gesto de distancia inusual entre aliados históricos.

La ausencia de coordinación trilateral crea un riesgo real: que Estados Unidos negocie condiciones distintas con cada socio, fragmentando el mercado integrado que ha sostenido tres décadas de comercio regional. Si Washington obtiene concesiones de México que no obtiene de Canadá, o viceversa, el resultado podría ser un tratado asimétrico que erosione la certeza jurídica que, en teoría, es su principal aportación.

«Si una de las partes se retira, el cambio abriría la posibilidad de una negociación bilateral, pero sería una desventaja de México y Canadá ante Estados Unidos. La integración trinacional tiene un valor que ningún acuerdo bilateral puede replicar plenamente.» — Grupo Milenio / análisis de política comercial, enero 2026

VII. El costo ya visible: 127,000 empleos perdidos antes del desenlace

El daño económico de la incertidumbre no espera resoluciones formales. Los datos ya están sobre la mesa.

En 2025, México perdió 127,200 puestos de trabajo en industrias de la transformación —el peor resultado desde la crisis financiera de 2008–2009. El Banco de México documentó que la incertidumbre sobre la revisión del tratado frenó decisiones de inversión y contratación mucho antes de que hubiera un resultado negociado. Cada semana que pasa sin certeza sobre el futuro del T-MEC, miles de decisiones de inversión en plantas del Bajío, Monterrey, Tijuana y Puebla permanecen suspendidas.

Las proyecciones disponibles para un escenario de ruptura son contundentes: una caída del PIB mexicano de entre 1.0% y 4.2%, con una mediana estimada de 2.6%. Por cada punto porcentual de caída se perderían entre 200,000 y 250,000 empleos formales adicionales. No son abstracciones estadísticas: son familias trabajadoras en ciudades manufactureras cuyo poder adquisitivo ya es frágil.

El dato que más incomoda al gobierno:

La inversión en el sector manufacturero vinculado al T-MEC lleva 14 meses deprimida. Los parques industriales siguen construyéndose —señal de resiliencia— pero las empresas que deberían instalarse en ellos están esperando una señal clara sobre el futuro del tratado. El nearshoring, la gran promesa del sexenio de Sheinbaum para convertir a México en destino de inversión frente a la guerra comercial con China, no puede materializarse sin certeza comercial. La ironía es que la misma tensión que genera el nearshoring como oportunidad es la que, por ahora, lo está frenando.

VIII. Los escenarios: desde la extensión limpia hasta el caos arancelario

Escenario 1: Extensión con modificaciones menores (el más favorable para México)

Las tres partes acuerdan extender el tratado por 16 años adicionales —hasta 2042— con ajustes puntuales en reglas de origen automotriz, compromisos laborales y algunas cláusulas de competencia equitativa. Es el escenario que México y Canadá buscan. Es también el que Trump ha descartado públicamente en múltiples ocasiones. La probabilidad, según varios analistas consultados en sus columnas, es baja pero no nula —especialmente si el sector empresarial estadounidense, que mayoritariamente apoya el tratado, ejerce presión suficiente sobre el Congreso.

Escenario 2: Revisiones anuales (el más probable a corto plazo)

Si no se llega a un acuerdo de extensión antes de la fecha límite, el T-MEC no desaparece de inmediato: entra en un ciclo de revisiones anuales. El comercio seguiría fluyendo bajo las reglas actuales, pero con una nube permanente sobre el futuro. Para México, esto es especialmente dañino: la incertidumbre de largo plazo frena la inversión, y Washington tendría un punto de presión renovable cada año para exigir concesiones en temas no solo comerciales, sino de seguridad y migración. Es, en palabras del economista Gabriel Casillas en El Financiero, «el escenario más probable, aunque lejos del equilibrio ideal.»

Escenario 3: Fragmentación bilateral

Trump ha sugerido en múltiples ocasiones la posibilidad de negociar acuerdos bilaterales por separado con México y con Canadá. Este escenario sería el más desfavorable para ambos países: negociar individualmente con la primera economía del mundo, sin el respaldo de un marco trilateral ni la posibilidad de coordinar posiciones. Canadá podría reactivar el acuerdo de libre comercio bilateral de 1989 (CUSFTA), que quedó suspendido pero no extinto tras el TLCAN. México no tiene esa red de seguridad: tendría que negociar desde cero en condiciones de máxima asimetría.

Escenario 4: Colapso sin acuerdo (el de menor probabilidad, pero mayor impacto)

Si el T-MEC expira sin un sucesor —ya sea por retiro unilateral estadounidense o por la imposibilidad de alcanzar cualquier acuerdo— el comercio entre los tres países revertiría a las reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC): aranceles de Nación Más Favorecida, que promedian entre 3.5% y 7% para manufacturas y pueden superar el 15% para productos agrícolas. Considerando que la administración Trump ya ha demostrado disposición a ignorar las reglas de la OMC —como ocurrió con los aranceles a acero y aluminio bajo la Sección 232—, incluso este «piso» de la OMC sería poco confiable como protección. El impacto sobre la economía mexicana sería devastador en el corto plazo.

IX. ¿Qué opciones tiene México si el T-MEC colapsa?

La pregunta es incómoda, pero necesaria. Y la respuesta honesta es que las alternativas existen, pero ninguna compensa en el mediano plazo lo que el T-MEC representa.

El CPTPP (Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico). México forma parte de este acuerdo multilateral junto con Japón, Canadá, Australia, Vietnam, Chile, Perú y otros países. En un escenario de fractura del T-MEC, el CPTPP se convertiría en la plataforma de diversificación más inmediatamente disponible. Japón, en particular, es ya un socio comercial relevante para México en el sector automotriz. Pero ninguno de estos mercados, individualmente o en conjunto, tiene la magnitud del mercado estadounidense ni la integración productiva acumulada en tres décadas.

El Acuerdo Global con la Unión Europea. El acuerdo entre México y la UE fue modernizado y está en proceso de ratificación. Europa representa un mercado de 450 millones de consumidores con alto poder adquisitivo. Las exportaciones mexicanas a Europa, sin embargo, son todavía marginales comparadas con las dirigidas a Estados Unidos, y diversificar significativamente tomaría lustros, no meses.

Un acuerdo bilateral con Estados Unidos. Esta es la opción que Trump ha insinuado con mayor frecuencia. Para México sería el peor contexto posible para negociar: sin el respaldo canadiense, sin el marco multilateral del T-MEC, con aranceles ya activos como herramienta de presión y con una agenda que incluiría inevitablemente temas de seguridad, migración y soberanía que van mucho más allá del comercio. Un tratado bilateral negociado bajo estas condiciones difícilmente sería más favorable para México que el T-MEC actual.

Minerales estratégicos como carta de negociación. México posee reservas significativas de litio, cobre y otros minerales críticos para la transición energética y la industria tecnológica. La Secretaría de Economía ha explorado la posibilidad de usar estos recursos como palanca de negociación. El margen es real pero limitado: Washington tiene otras fuentes de abastecimiento y México no ha desarrollado todavía la capacidad extractiva para que esta carta tenga peso inmediato.

«Las decisiones de inversión de largo plazo —las que México necesita para capitalizar el nearshoring— requieren reglas previsibles, no sobresaltos. Sin T-MEC, o con un T-MEC bajo revisión permanente, México pierde su principal argumento de certeza ante el inversionista global.» — El Financiero, análisis de Enrique Quintana, junio 2026

X. La posición de México: fortalezas, debilidades y lo que falta

La delegación mexicana encabezada por Ebrard ha llegado a las dos primeras rondas con un argumento central bien articulado: la integración productiva de América del Norte es una fortaleza competitiva regional, no solo un beneficio para México. Cada auto que sale de una planta en Guanajuato lleva componentes de Illinois, Ohio y Texas. Desmantelar esa cadena le costaría caro también a los trabajadores y fabricantes estadounidenses.

El argumento es sólido. Pero la posición negociadora de México tiene debilidades estructurales que es necesario nombrar.

Primera: la dependencia es asimétrica. Estados Unidos compra el 80% de las exportaciones mexicanas. México compra alrededor del 46% de sus importaciones totales de Estados Unidos. Esa asimetría le da a Washington una palanca que Ciudad de México no puede igualar.

Segunda: el margen fiscal es estrecho. México no puede ofrecer compensaciones económicas significativas a sectores estadounidenses afectados, ni financiar rápidamente la diversificación de sus exportaciones hacia otros mercados. La agenda de austeridad del gobierno de Sheinbaum reduce aún más ese margen.

Tercera: los temas extracomercialesestán sobre la mesa aunque no estén en el texto. La relación bilateral con Estados Unidos en 2026 incluye tensiones activas en materia de narcotráfico, fentanilo, migración y política hacia Cuba y Venezuela. Trump ha vinculado explícitamente estos temas con las negociaciones comerciales. La presidenta Sheinbaum ha intentado mantenerlos separados. Esa separación es cada vez más difícil de sostener.

XI. Lo que el gobierno de Sheinbaum no puede darse el lujo de ignorar

El objetivo declarado de la presidenta Sheinbaum es claro y razonable: sostener el tratado. Pero «sostenerlo» no es suficiente si las condiciones bajo las que se renueva generan nuevas vulnerabilidades.

Aceptar sin análisis la exigencia de que el 50% del valor automotriz sea exclusivamente estadounidense implicaría concesiones que México pagaría en términos de empleo manufacturero y atractivo de inversión. No aceptarla sin una contrapropuesta técnica sólida deja a México en una posición reactiva que difícilmente produce buenos resultados en una mesa de negociación.

Al mismo tiempo, el gobierno tiene la obligación de preparar a la economía mexicana para escenarios que hoy parecen improbables pero no imposibles. Diversificar exportaciones, fortalecer el mercado interno, avanzar en la ratificación del acuerdo con la Unión Europea y desarrollar una estrategia de minerales estratégicos no son alternativas al T-MEC: son el seguro de vida que México necesita tener, independientemente de lo que ocurra el 1 de julio.

La ironía profunda de este momento es que el tratado que Trump amenaza con destruir fue, en su versión original, el acuerdo que él mismo firmó en 2020. Lo negoció, lo presentó como una victoria personal frente al «desastroso TLCAN», y ahora amenaza con desecharlo. En Washington, la contradicción importa poco. En Ciudad de México, y en las plantas del Bajío, importa todo.

Lo que sigue: fechas críticas del segundo semestre de 2026

1 de julio: Reunión virtual trilateral. Arranque formal de la revisión conjunta del T-MEC.
Semana del 20 de julio: Tercera ronda de negociaciones bilaterales México-EU en Ciudad de México.
Agosto–septiembre: Período de definiciones. Si no hay acuerdo en la revisión conjunta, se activa el mecanismo de revisiones anuales.
2036: Fecha en que el T-MEC podría expirar si las revisiones anuales no producen una extensión. El horizonte parece lejano. Las consecuencias de la incertidumbre son inmediatas.
Fuentes consultadas:

Secretaría de Economía de México — comunicados oficiales de las rondas de negociación, mayo-junio 2026.
Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR) — comunicados sobre la revisión del T-MEC, mayo-junio 2026.
El Financiero — cobertura de la revisión del T-MEC y análisis de Enrique Quintana, junio 2026.
Infobae México — «El T-MEC más difícil de la historia: México negocia con EU en medio de su peor crisis bilateral en décadas», 31 de mayo de 2026.
El Universal — «EU y México concluyen segunda ronda de contactos previo a revisión del T-MEC», 18 de junio de 2026.
Proceso — «Trump amenaza con abandonar el T-MEC», 10 de junio de 2026.
Grupo Milenio — «Por qué Trump no puede matar al T-MEC en 2026», columna de Patricia Armendáriz, junio 2026.
Líder Empresarial — «Trump amenaza al T-MEC: ¿qué perdería México si desaparece el tratado?», junio 2026.
EconomeX — «T-MEC 2026: México negocia desde la debilidad», abril de 2026.
AmCham México — «Proceso de revisión del T-MEC: cronología y mecanismos», 2026.
Cámara de Diputados, SEDIA — «Análisis de los impactos económicos por la potencial instrumentación de aranceles al comercio bilateral México-Estados Unidos», 2025.
Observatorio Legislativo de Asuntos Globales, H. Cámara de Diputados — «Prospectiva y escenarios del T-MEC», septiembre 2025.
Banco de México — reportes sobre inversión y empleo manufacturero, 2025–2026.

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