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10 de julio de 2026

El problema del color

Rumbo a 2027, México vota por colores partidistas y no por perfiles. Una reflexión sobre infocracia, Byung-Chul Han y el deber cívico de conocer a quién elegimos.

Por: Juan Carlos Ortíz García*

Azul, naranja, rojo, guinda y amarillo, son colores que relacionamos con algún partido político, pero a menudo nos quedamos solo en la superficie. Al votar es más común tomar posturas en fast track basándonos en el color del partido, dejando de lado las propuestas de fondo.  En una clase nos preguntó el profesor ¿alguno de ustedes sabe quién es su diputado local o federal, su senador o si quiera su alcalde? Por supuesto, ninguno sabíamos si acaso quién era nuestro alcalde; esta simple pregunta nos dejó ver como damos por sentado muchas cosas, en política nos enfocamos únicamente en cuestiones ligeramente primarias como el número de curules, escaños, gobernaturas, etc. que tiene tal o cual partido, pero no nos detenemos a observar los perfiles que ocupan estos cargos.

En época de creciente polarización me parece importante hacer de su consideración estimado lector una idea algo atrevida: dejar de lado, aunque sea por un momento, el partido político y dedicar una minúscula cantidad de nuestro tiempo en investigar el perfil de los candidatos a representarnos, puede ser que una sorpresa nos llevemos a la hora de emitir el voto.

El reto en 2027 es monumental, se elegirán 500 diputados federales, 17 gobernadores, más de mil legisladores federales y estatales. A esto se suman miles de juzgadores federales y estatales. No solo son números: son cargos de evidente importancia para el país que nos exigen mirar más allá de la publicidad y conocer al candidato, pero ¿qué significa realmente conocer a un candidato? Definitivamente no basta con escuchar los discursos o ver su nombre en la publicidad, implica no fijarse en el partido al que representa y revisar la trayectoria, formación, experiencia, propuestas y logros respecto a la persona. También en las propuestas que haga, reflexionar si estas responden a las necesidades sociales o siquiera son viables.

Vivimos en la era de la información, pero también de la distracción. Hoy es más sencillo consumir un video de 15 segundos que revisar un plan de trabajo. Nuestro reto como ciudadanos ya no es encontrar información, ahora es, distinguir la enorme cantidad de información entre la que es falsa de la que es verídica, afrontar la infocracia a la que se refiere Byung-Chul Han.

¿Qué implica vivir en infocracia? Como expone Han, hoy vivimos en una saturación de información en donde el exceso de datos no nos hace ciudadanos mas críticos, hace todo lo contrario, el exceso de contenido, la velocidad de las redes y el dominio del algoritmo sobre nosotros, favorecen las reacciones emocionales y sesgadas antes que la reflexión. Por esto resulta más sencillo elegir por colores y factores rápidos que basados en un análisis y una reflexión sobre el perfil y las propuestas de quienes buscan representarnos.

En las campañas políticas predominan cada vez más los videos en plataformas digitales, los memes y mensajes diseñados para captar la atención en segundos. Bajo la lógica de la infocracia, el debate público se está reduciendo a la popularidad, mientras que las propuestas y perfil del candidato (cosas que nos sirven para tener una idea de que tan buena o mala será la gestión de este), pasan a un segundo plano.

Esta ligereza digital pone en riesgo el ideal democrático. Como sugería John Stuart Mill la democracia alcanzará su plenitud con ciudadanos consientes que ejercen un juicio razonado sobre quién es el más apto para gobernar. La democracia no es solo depositar la boleta en una urna, así mismo, es ejercer un juicio razonado sobre quienes son las personas más aptas para gobernarnos.

Mill advierte que una ciudadanía informada fortalece las instituciones ya que exige mejores representantes y mantiene un control constante sobre el ejercicio del poder. El investigar a los candidatos no es una tarea de ocio, es una obligación cívica. Un electorado crítico no solo mejora la calidad de los comicios, sino también contribuye a la construcción de un gobierno más responsable sujeto a la rendición de cuentas.

Norberto Bobbio afirmaba que la democracia no puede reducirse al simple acto de votar de manera periódica. Su verdadero valor radica en que los ciudadanos tengamos la posibilidad de elegir libremente a nuestros gobernantes y poder vigilar su actuar, pedirles cuentas y evaluar su desempeño cuando llegan al poder.

El pensamiento de Bobbio toma gran protagonismo cuando la discusión pública gira en torno a los partidos políticos y no a las personas que los representan. Con frecuencia conocemos cuántas gubernaturas, curules o escaños obtuvo una fuerza política, pero ignoramos quiénes ocupan esos espacios y cuál es su trayectoria. Al centrar nuestra atención en las siglas partidistas, corremos el riesgo de perder de vista que las decisiones públicas no las toman los partidos, sino las personas que ejercen los cargos de representación.

En 2027, millones de mexicanos recibiremos una boleta electoral. Como ha ocurrido en cada elección, veremos el azul, el rojo, el guinda, el amarillo, el naranja y otros colores que durante años han definido nuestras preferencias políticas. Sin embargo, el verdadero desafío no será elegir entre esos colores, sino decidir si seguiremos votando por la identidad partidista o si, por primera vez, nos detendremos a conocer a las personas que aspiran a representarnos.

Las elecciones de 2027 no solo renovarán cientos de cargos públicos; también pondrán a prueba la madurez de nuestra democracia. Elegiremos diputados, gobernadores, alcaldes, regidores y personas juzgadoras que tomarán decisiones capaces de influir en la seguridad, la economía, la educación, la justicia y el rumbo del país durante los próximos años. Ante una elección de tal magnitud, un voto emitido por costumbre, simpatía o identidad partidista deja de ser una decisión inocente para convertirse en una renuncia a nuestra responsabilidad ciudadana.

Quizá nunca logremos encontrar al candidato perfecto. Pero sí podemos aspirar a ser mejores ciudadanos. El desafío en 2027 no será elegir entre siglas, sino decidir si seguiremos votando por inercia o si conoceremos a las personas detrás del logo: Porque al final, los colores no gobiernan: gobiernan las personas que elegimos detrás de ellos.

Lo dejo y abandono lentamente…

* Juan Carlos Ortíz García

Estudiante de la Licenciatura en Derecho en la Universidad Panamericana (UP), con gran interés por el derecho administrativo y fiscal; por lo que se mantiene en seguimiento constante de la relación ciudadano-Estado.

Voluntario administrativo en diversas áreas fiscalizadoras, lo que le ha permitido desarrollar habilidades de trabajo en equipo y análisis crítico.

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