8 de octubre de 2026

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La pobreza del tiempo

La pobreza de tiempo golpea a la clase trabajadora mexicana: horas perdidas en transporte público que nadie paga ni cuenta, y que profundizan la desigualdad.

Cuando pensamos en pobreza, una de las primeras cosas que nos vienen a la mente es la escasez de dinero. Sin embargo, poco se habla de la falta de tiempo que enfrenta la clase trabajadora en México. Para millones de personas, el día no comienza al llegar al trabajo, sino varias horas antes, cuando deben levantarse de madrugada para iniciar un recorrido largo, cansado e incierto.

El transporte público es una de las principales causas de esta pobreza de tiempo. Todos los días, trabajadores, estudiantes y familias deben trasladarse desde las periferias hacia las zonas donde se concentran los empleos, las escuelas y los servicios. En el camino enfrentan unidades saturadas, retrasos, inseguridad, tráfico y numerosos transbordos. Lo que debería ser un traslado se convierte, en muchos casos, en una segunda jornada laboral que no es remunerada.

Estas horas casi nunca aparecen en las estadísticas económicas. No se cuentan como parte de la jornada de trabajo ni son compensadas por los empleadores. Sin embargo, son necesarias para que la economía funcione. Antes de atender un negocio, operar una máquina, limpiar una oficina o sentarse frente a una computadora, muchas personas ya han invertido una parte importante de su energía simplemente en llegar.

El costo no se limita al cansancio. Cada hora dentro de un autobús, una combi o el Metro es una hora que no puede dedicarse a dormir, convivir con la familia, estudiar, hacer ejercicio o descansar. El tiempo perdido en el transporte reduce la calidad de vida y también afecta la salud, el desempeño laboral y las oportunidades de desarrollo personal.

La pobreza de tiempo, además, profundiza la desigualdad económica. Quienes tienen mayores ingresos pueden vivir cerca de sus trabajos, utilizar automóvil, pagar transporte privado o trabajar desde casa. En cambio, las familias de menores ingresos suelen encontrar vivienda accesible únicamente en zonas alejadas. Lo que ahorran en renta o en el precio de una casa terminan pagándolo con varias horas de su vida todos los días.

La situación puede ser todavía más difícil para las mujeres, quienes frecuentemente combinan sus jornadas laborales con tareas de cuidado. Sus traslados no siempre se reducen al recorrido entre la casa y el trabajo: también deben llevar a sus hijos a la escuela, comprar alimentos o acompañar a familiares. La inseguridad en el transporte limita aún más sus rutas, horarios y oportunidades.

Resolver este problema exige entender que una política de transporte público también es una política social. No basta con construir más avenidas. Se necesitan sistemas de transporte seguros, frecuentes, accesibles e integrados, así como una mejor planeación urbana que acerque las viviendas a los empleos, las escuelas y los servicios. El éxito de una obra pública debería medirse también por el tiempo que devuelve a las personas.

Todos contamos, en teoría, con veinticuatro horas al día, pero no todos podemos disponer de ellas de la misma manera. Mientras algunos pueden dedicar su tiempo al descanso, la educación o la convivencia, otros deben entregarlo al tráfico y a los largos traslados. Combatir la pobreza en México también significa evitar que millones de personas tengan que sacrificar una parte de su vida simplemente para llegar al trabajo.

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