En un mundo donde la tecnología avanza más rápido que nuestra capacidad de asimilarla, el desafío central no está en su presencia constante, sino en cómo la utilizamos. Un estudio del Instituto Nacional de Estadística revela que el consumo digital en España es ya intensivo y transversal en la vida cotidiana, una tendencia que también se observa en Europa.
Si bien la tecnología aporta beneficios evidentes —desde mayor productividad laboral hasta la posibilidad de mantener relaciones sociales a distancia—, también acarrea riesgos como el “tecnoestrés”, la dificultad de desconexión o la dependencia derivada del miedo a perderse algo (FOMO). El problema no radica en la conexión en sí, sino en que esta carezca de un propósito claro.
El uso consciente, en cambio, abre oportunidades de autorrealización: desde el aprendizaje autodidacta en plataformas digitales hasta la creación de contenido cultural en comunidades online. La democratización del conocimiento, con cursos abiertos de universidades de prestigio como Harvard o MIT, amplía horizontes de formación para cualquier persona con acceso a internet.
La inteligencia artificial generativa intensifica este panorama al facilitar respuestas inmediatas, diálogos simulados y herramientas creativas. Sin embargo, exige pensamiento crítico para evaluar sesgos y errores. Curiosamente, estudios recientes muestran que los niños de entre 9 y 12 años son más críticos con la IA que los adultos, lo que subraya la necesidad de una alfabetización digital y algorítmica desde edades tempranas.
Fomentar un uso consciente de la tecnología, más allá de restringir horas frente a la pantalla, es clave para potenciar el aprendizaje, la creatividad y el bienestar.



