En el siglo XXI, la tecnología se ha convertido en el principal factor de poder global, desplazando al petróleo o al territorio como los pilares tradicionales de influencia internacional. Campos como la inteligencia artificial, los semiconductores, la biotecnología o la computación cuántica determinan hoy el equilibrio económico, militar y cultural entre naciones. Sin embargo, la falta de confianza y cooperación entre potencias amenaza con fragmentar la gobernanza tecnológica mundial.
Según el análisis de Roberto García Moritán, la innovación debería ser un espacio de colaboración entre universidades, empresas y gobiernos, pero se ha transformado en una disputa geopolítica por el control del conocimiento y los datos. Estados Unidos y China lideran esta carrera: Washington impulsa un modelo basado en la libertad y la transparencia, mientras Pekín apuesta por la autosuficiencia y la soberanía digital. Europa intenta consolidar su autonomía tecnológica, y Rusia avanza hacia un ecosistema cibernético aislado.
En este contexto, los datos, algoritmos y redes digitales se han convertido en nuevos instrumentos de poder capaces de moldear la economía y el pensamiento colectivo. El autor subraya la urgencia de un órgano multilateral de gobernanza tecnológica, con normas éticas y jurídicas universales que eviten el uso desigual o abusivo de la innovación.
El reto, señala, es canalizar la revolución tecnológica hacia el bien común, en lugar de permitir que se convierta en un nuevo frente de conflicto y dominación global.



