Según La Asociación Mexicana de Transporte, un habitante promedio de la Ciudad de México pierde 425 días de su vida en el transporte público. Siete de cada diez mexicanas y mexicanos afirman que su salario es insuficiente. El 67% de la población no puede acceder ni a 2 canastas básicas al mes. Y el 63% de las y los habitantes del país siguen sintiéndose inseguros en sus ciudades.
La calidad de vida, el ingreso y la seguridad, son quizá las tres preocupaciones más grandes de cualquier mexicano desde que se hace consciente del entorno en el que vive. Somos personas que vivimos con miedo de ser asaltadas, ansiedad de no llegar a fin de mes y la decepción de nunca tener tiempo. El gobierno, sin importar el color, filias y fobias, no ha logrado resolver ninguna de estas crisis al menos en los últimos 20 años. Sin embargo hoy la responsabilidad es del partido que está en el poder.
La Cuarta Transformación ha dejado claro que su agenda, al menos de la primera mitad del 2026 será la Reforma Electoral. Reforma, que como en los últimos 20 años, ha venido desde el poder y con tintes de todo menos de garantizar la pluralidad y la representación. Reforma, que está muy lejos de verdaderamente resolver los problemas que la gente sí tiene en la cabeza.
Morena, el partido que se jacta de raspar el tenis recorriendo las colonias ¿qué no escuchan las prioridades de la gente? ¿de verdad creen que su reforma va a sanar las heridas de una sociedad que vive en una guerra que nunca gana? ¿con esta reforma se va a garantizar que una niña de 13 años en Chiapas no sea madre? ¿o que las ideas de Donad Trump de intervenir en nuestro país se disipen?
La Reforma Electoral que se pretende, es quizá el capricho más egoísta del partido en el poder. Porque en términos prácticos ni siquiera la necesitan y lo más triste es que lo saben y lo dicen. Tienen todos los votos y la influencia en la Cámara de Diputados, en el Senado, ahora en el Poder Judicial y desde hace un rato en el Tribunal Electoral. Y por eso me atrevo a decir que es egoísta, porque toda la atención se va a temas políticos en lugar de atender las desigualdades sociales, la inseguridad, la justicia de tiempo y muchas otras cosas que si le cambian de inmediato la vida a las personas.
Al momento de escribir esta columna aún no se conoce el texto, lo cual sólo subraya el punto. No podemos opinar de una reforma que no conocemos y qué cosa más peligrosa que no lo sepamos. Porque sí, que no se conozcan los textos de las iniciativas hasta que se presentan es “normal”, pero esta no es una reforma normal; es un cambio en nuestra vida pública, en la forma en la que ciudadanía y gobierno se relacionan. Y es en esa relación donde reside el cambio.
Con una pequeña dosis de optimismo, porque no sé conducirme de otra manera, espero que la Reforma que llegue, si bien no resolverá las desigualdades ni proteja a las minorías, al menos garantice que sus votos se traduzcan en una verdadera representación.
Porque la gente que pierde más de 400 días en el transporte público merece que alguien lleve su inquietud al Congreso. Porque quien pierde la vida trabajando merece una jornada y un salario justos. Y porque la niña de Chiapas que ya ha perdido suficiente, quizá crece para convertirse en activista.
O porque no, en Presidenta.



