Nissan atraviesa la crisis más severa de su historia y busca reinventarse con un giro radical en su modelo de negocio. Ivan Espinosa, nuevo CEO de la compañía, anunció que la meta es reducir el desarrollo de vehículos de 50 a 37 meses, con el objetivo de competir contra gigantes como BYD y Tesla, que han impuesto velocidad y precios agresivos en el mercado global.
El plan ya muestra resultados parciales: la nueva generación del Leaf, pionero en electromovilidad, pretende recuperar su brillo inicial; el kei car Roox se actualiza en Japón; mientras que Sentra, Rogue (X-Trail) y Frontier recibirán versiones híbridas o eléctricas para reforzar presencia en Norteamérica, China y América Latina. La estrategia se resume en una consigna clara: menos burocracia y más modelos en la calle.
El contexto, sin embargo, es crítico. Nissan acumula pérdidas operativas estimadas en 1,200 millones de dólares para el primer semestre fiscal y enfrenta una deuda de más de 5,000 millones que vence en 2026. La presión financiera la ha llevado a recortar 20,000 empleos, cerrar siete plantas y considerar la venta de su histórica sede en Yokohama. México no queda fuera del ajuste: la clausura de la planta en CIVAC impactará empleos y cadenas de suministro clave para Versa y Frontier.
La apuesta por acelerar lanzamientos podría marcar el inicio de la recuperación o convertirse en un riesgo mayor si la ejecución falla. Con un mercado chino en expansión, un entorno estadounidense condicionado por aranceles y una relación frágil con Renault, Nissan enfrenta una carrera contrarreloj: transformar su modelo operativo para no quedar relegada en la nueva era de la movilidad..



