El país se prepara para participar en la COP30, que se llevará a cabo en Belém, Brasil, un escenario simbólico por ubicarse en la Amazonia, región clave para la biodiversidad global. México forma parte de la “Coalición de Alta Ambición por la Naturaleza y las Personas”, que busca conservar el 30 % de los territorios y mares para 2030.
Desde su última actualización en 2024 de la Estrategia Nacional de Cambio Climático, México estableció una meta de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero de 35 % para 2030, lo que implicaría una disminución de aproximadamente 140 millones de toneladas. Sin embargo, especialistas advierten que la implementación depende de condiciones como la certidumbre jurídica de inversiones en transición energética y el acceso a financiamiento internacional.
La sociedad civil también exige más: organizaciones ambientales han pedido que Claudia Sheinbaum y su gobierno presenten compromisos nacionales verificables y ambiciosos en esta COP. En ese sentido, existe una tensión entre las metas declaradas y la realidad operativa, lo que coloca al país en un momento de definición: avanzar hacia una economía descarbonizada o arriesgarse a quedar rezagado en la lucha planetaria contra el cambio climático.
Desde una mirada crítica, hay tres cuestiones esenciales a considerar:
- La credibilidad de los compromisos: No basta con fijar metas elevados si no se detalla cómo serán alcanzadas, ni se asignan recursos públicos o privados para su despliegue.
- La coherencia entre discurso y políticas sectoriales: Si mientras se habla de transición energética se mantienen o impulsan proyectos de combustibles fósiles, la narrativa pierde peso.
- La inclusión y justicia social: La adaptación al cambio climático no es uniforme; requiere atender realidades distintas en zonas rurales, indígenas y urbanas, con capacidad de resiliencia diferenciada.
En resumen, México tiene la base normativa y ambición para posicionarse como actor relevante en la COP30, pero dependerá ahora de que esas promesas se transformen en políticas tangibles, mecanismos de rendición de cuentas y resultados medibles. El tiempo, como advierten los expertos, es un lujo que ya no podemos permitirnos.



