Coyuntura económica y algo más
En un país donde la violencia manda, el presupuesto siempre llega tarde y mal…
Macraf
La sabiduría popular reza: “muerto el niño, a tapar el pozo.” Lo cruel es que esa parece ser la realidad que hoy se vive en Michoacán. Por supuesto que celebro y aplaudo que por fin se voltee a atender el grito de angustia y desesperación de los michoacanos. Es claro que si no se atienden esos reclamos, jamás podrá alcanzarse un verdadero desarrollo en la región. Como lo he señalado antes, el costo económico de la inseguridad es enorme: condena a las comunidades a la pobreza, limita la inversión y perpetúa la marginación.
Sin embargo, ¿por qué tuvimos que llegar a estos niveles para reaccionar? ¿Y qué pasa con el resto del país? Si bien es positivo que el gobierno de la transformación de cuarta atienda las demandas de Michoacán, hay que decirlo con claridad: están siendo reactivos, no proactivos. Si el asesinato del presidente municipal de Uruapan no hubiera tenido el impacto mediático que alcanzó, no estaríamos viendo ninguna acción especial. Pero ojo: Michoacán es solo la punta del iceberg. Lo que se presenta hoy busca contener el daño político, no resolver el problema de fondo.
El plan que anunció la moradora de Palacio consta de doce ejes y más de cien acciones, con una inversión mixta superior a cincuenta y siete mil millones de pesos. Durante el evento declaró: “Se trata de hacer todavía más austeridad republicana para destinar todos los recursos al pueblo de México. No se descobija a nadie, sino que se da un esfuerzo especial por los michoacanos. Michoacán es un estado con historia, con fuerza y con dignidad.”
Bonitas palabras. Pero la pregunta es inevitable: ¿de dónde saldrá ese dinero? En un país donde la prioridad sigue siendo repartir dinero para sostener el clientelismo electoral, el margen de maniobra es mínimo. Peor aún si consideramos que el Presupuesto de Egresos 2026 ya de por sí está diseñado para gastar más de lo que se tiene.
El gobierno planea ejercer 9.26 billones de pesos, de los cuales 1.78 billones se financiarán con deuda, el nivel de endeudamiento más alto en más de una década. Solo el costo financiero de la deuda, es decir, lo que se paga por intereses, asciende a 1.33 billones de pesos, el equivalente al 14.3% del gasto total. Dicho de otro modo: México destina más dinero a pagar deuda que a educación y salud juntos.
El contraste es brutal. Mientras el gasto en educación será de 995 mil millones de pesos, y el de salud de 836 mil millones, el presupuesto en seguridad pública apenas alcanzará 350 mil millones, un monto claramente insuficiente para el tamaño del problema. En cambio, los programas sociales absorberán más de 1.7 billones de pesos, encabezados por las pensiones y becas, auténtico motor del clientelismo político de la transformación.
Con ese panorama, prometer un rescate económico y social para Michoacán suena más a discurso electoral que a estrategia real. El presupuesto y la política pública no están enfocados en las causas estructurales de la violencia: no se fortalecen los sistemas educativo ni de salud, no se incentiva la inversión que genere empleos bien remunerados, y se mantiene la absurda idea de que regalar dinero soluciona todos los problemas.
Qué bueno que por fin se atiendan los reclamos de los michoacanos. Pero Michoacán no es todo el país, aunque desgraciadamente la violencia que lo azota sí refleja lo que padecen miles de mexicanos en todo el territorio. El gobierno tiene que dejar de apagar infiernitos y comenzar a controlar el incendio nacional que lleva años propagándose.
La estrategia de seguridad tiene que ser compartida. No es solo tarea de la federación: los gobiernos estatales también tienen responsabilidad. Jamás se podrán atacar las causas de la violencia si no se entiende que la inacción es su principal combustible.
Y desde la sociedad, también hay deuda: callar ante la impunidad y normalizar la violencia es otra forma de ser cómplices.
El problema no es solo Michoacán, es el país entero. La violencia ha dejado de ser excepción para convertirse en regla. Y mientras el gobierno presume austeridad, la realidad es que seguimos gastando más, endeudándonos más y viviendo peor.
Así, así los tiempos estelares del segundo piso, de la transformación de cuarta.
✒️ El apunte incómodo | Revocación o reelección disfrazada
Hay jugadas políticas que no requieren interpretación: se explican solas.
La nueva iniciativa de algunos diputados de Morena para adelantar la revocación de mandato a dos mil veintisiete, un año antes de lo previsto, es justamente una de ellas.
El argumento es casi poético: “ahorrar recursos y empatarla con las elecciones intermedias.” Pero detrás de ese falso espíritu de eficiencia electoral, lo que se esconde es una estrategia perfectamente calculada.
Porque, seamos honestos, ¿quién en su sano juicio arriesgaría el poder en un ejercicio de revocación cuando lo puede mantener sin problemas? Si realmente creyeran en la participación ciudadana, la hubieran impulsado cuando gobernaba su mesías macuspano, aquel que presumía amor eterno al pueblo pero jamás se atrevió a poner su popularidad a prueba.
La verdad es otra, y mucho más simple: no se trata de revocación, se trata de reelección política disfrazada.
Lo que buscan no es medir la legitimidad de la moradora de Palacio, sino usar su figura y su popularidad como ancla electoral para levantar a sus desangelados candidatos, esos mismos legisladores que hoy, sin el cobijo presidencial, no ganan ni una rifa. El cálculo es claro: convertir la revocación en un acto de reafirmación del poder y en un mitin anticipado para la campaña del dos mil veintisiete.
¿Y el costo? El de siempre: millonario, desproporcionado y justificado con el mismo cuento de “ejercicio democrático.” No hay ahorro, hay manipulación. No hay consulta, hay campaña. Y el problema no es que lo intenten —el problema es que cada vez lo hacen con más descaro, sabiendo que su maquinaria clientelar seguirá funcionando a base de becas, dádivas y spots donde la moradora de Palacio sonría y hable de amor al pueblo.
Así que la pregunta no es si la presidenta sobreviviría a una revocación; la pregunta real es si la ciudadanía sobrevivirá al nuevo engaño.
Porque esta iniciativa no busca quitarle el poder, busca renovárselo simbólicamente para mantenerlo en manos del mismo grupo que lleva años viviendo de la simulación.
La revocación adelantada no es un acto de democracia. Es el viejo truco del atole con el dedo, recalentado y servido con manteles de cuarta.



