El resultado de la primera vuelta en Brasil, con el triunfo de Flávio Bolsonaro, vuelve a poner sobre la mesa un fenómeno que preocupa a la clase política: ¿Por qué América Latina gira en bloque hacia la derecha política?
La hipótesis que pronpongo apunta a que el Campo Político enfrenta dilemas para garantizar el Desarrollo Nacional provocados por la debilidad institucional y sobre todo, la falta de visión estratégica de los gobernantes para resolver problemas de fondo. Las poblaciones altamente intolerantes a la incertidumbre, demandan soluciones inmediatas y canalizan su frustración a través de liderazgos personalistas de “mano dura” sumado a un componente emocional de castigo hacia el sistema gobernante que no logra satisfacer sus demandas.
Confirmar esta hipótesis implica comprender que el fenómeno no responde a alineaciones ideológicas de las sociedades hacia el conservadurismo como argumentan las clases políticas, sino a lo que el consultor mexicano José Manuel Urquijo define como “el péndulo del hartazgo”. El electorado no vota por ideología; vota punitivamente contra la clase política que ahora encarna el establishment y ha sido incapaz de entregar bienes públicos fundamentales como la seguridad ciudadana y la estabilidad económica.
De acuerdo con Jose Manuel Urquijo, para un joven centennial latinoamericano, la izquierda tradicional ya no representa la rebeldía, sino el sistema. Opera aquí la paradoja del éxito: el gobierno de izquierda brasileño que logro sacar a millones de pobreza continuó hablándoles con una retórica asistencialista. Sin embargo, la nueva clase media emergente ya no exige programas de salida de la pobreza; exige que no le roben el celular, que el dinero alcance en el supermercado y no ser víctima de estafas digitales. La gente vota por lo que teme perder mañana, no por lo que recibió ayer.
A esta desconexión social se suma el análisis del consultor político ecuatoriano Jorge Sánchez sobre la caducidad del poder: hoy es más fácil perder el gobierno que nunca. La volatilidad electoral demuestra que el electorado castiga implacablemente la falta de resultados, sin importar la afinidad ideológica. En ese sentido, ni a Lula da Silva le bastó su capital histórico en Brasil, ni a Morena le bastará su marca en México; ningún partido tiene un blindaje permanente si soslaya la eficacia en la gestión de las demandas ciudadanas.
Continúa Jose Manuel Urquijo: “en el ámbito de la seguridad, la derecha ha sabido capitalizar la asimetría de las narrativas. La propuesta de «mano dura» se explica en un video de 15 segundos, mientras que la «inteligencia preventiva» resulta inoperante para calmar la ansiedad colectiva. Hoy, la etiqueta «ultra» ya no asusta; el temor al extremismo queda rebasado por el agotamiento hacia lo ya conocido”
Por su parte Jorge Sánchez señala que “hoy el escenario electoral se define por la polarización afectiva es decir nosotros contra ellos, bajo el paraguas del miedo. Ante un electorado fragmentado por factores de etnia, religión y brechas territoriales, la clase política debe comprender que las campañas no se ganan buscando el 100% de los votos ni dejándose engañar por el algoritmo digital, sino descifrando la psicología del votante mediante estudios cualitativos que identifiquen dónde reside el descontento real”.
En conclusión, el giro de América Latina a la derecha no es un problema ideológico, sino un síntoma claro del colapso de la eficacia en la conducción del Campo Político en toda Latinoemérica. Mientras los gobiernos, sean de derecha o de izqueirda, continuen gestionando crisis rectivamente y carezcan de una verdadera Conducción Estratégica para lograr el Desarrollo Nacional, las sociedades continuarán utilizando el voto como “arma” para castigar, sacrificando la democracia a cambio de las promesas dudosas que ofrecen los liderazgos de “mano dura”.







