Coyuntura económica y algo más
Cuando la banca ríe, el discurso ya perdió…
Macraf
La Convención Bancaria de este año dejó una lección incómoda: en México ya no falta diagnóstico, falta seriedad. Porque si uno junta lo que dijo el florero de Hacienda, lo que no dijo el adorno de Banxico y lo que se “prometió” sobre crédito a infraestructura, el resultado es el mismo: intervenciones débiles para un país que necesita definiciones fuertes.
Empecemos con el florero de Hacienda. Llegó a vender estabilidad con el tono de “vamos bien”: deuda sostenible, estructura de largo plazo, tasas fijas, financiamiento mayormente doméstico, grado de inversión conservado, reservas por arriba de 250 mil millones de dólares y un mercado laboral con desempleo alrededor de 2.2%. Todo eso suena lindo y, en varios puntos, es parcialmente cierto. Pero el problema es que la economía no se levanta con adjetivos; se levanta con inversión, productividad y certidumbre. Y cuando el discurso se queda en “resiliencia” mientras la inversión no despega, lo que se está haciendo es describir el techo… no construir el piso.
Más aún: se animó a sugerir un crecimiento cercano a 3% para 2026, apoyado en digitalización, inversión mixta y la renovación del T-MEC. Eso, en el mejor de los casos, es deseo. En el peor, es propaganda. Porque el consenso del mercado está muy lejos de ese 3%: ronda 1.5%. Y esa brecha no es un detalle técnico; es un mensaje: el gobierno está narrando un país que la economía real todavía no reconoce.
Luego vino su “gran confesión”: que el crédito no llega a quien debe llegar. Ahí estuvo lo más rescatable, pero se quedó a medias. Dijo que las pymes son 99% de los establecimientos y generan alrededor de 70% del empleo, pero enfrentan barreras para financiamiento competitivo. Correcto. El problema es que, dicho así, parece que la culpa es solo de la banca o solo de “procesos”. No. El crédito no llega porque el riesgo es alto, la productividad es baja, la informalidad es enorme y la certidumbre institucional está en entredicho. Pedirle a la banca que “preste más” sin arreglar el entorno es como exigirle a un piloto que despegue con el tanque a la mitad… y con la pista llena de baches.
Y por eso fue tan incómodo que, en la misma convención, alguien dijera lo obvio con elegancia: el problema no es “acceso al crédito”, es baja productividad. Ese es el golpe que al gobierno no le gusta escuchar, porque obliga a hacer lo que no disfrutan: formalizar, simplificar, mejorar competencia real, elevar capacidades, invertir en capital humano y, sobre todo, garantizar reglas. La productividad no sube con narrativa; sube con instituciones y con incentivos.
Ahora vámonos con el adorno de Banxico. Habló de incertidumbre geopolítica, riesgos globales, volatilidad financiera, energéticos, cadenas de suministro… todo correcto. Recordó que la inflación estuvo “dentro del intervalo” alrededor del 3% por varios meses, aunque el dato reciente ya se ha movido arriba. Y reafirmó la promesa de convergencia al objetivo hasta el segundo trimestre de 2027. Pero el punto que esperaba el mercado —la ruta de tasas— se convirtió en silencio. Ni señal en un sentido ni en otro. En una Convención Bancaria, con reunión de política monetaria encima, eso no es prudencia: es debilidad comunicacional. Porque la política monetaria no solo mueve tasas: mueve expectativas. Y si vas a pedir confianza, lo mínimo es dar claridad.
El único bloque que tuvo algo más de sustancia fue el digital: el dato de más de 7,300 millones de operaciones por SPEI en 2025, montos gigantescos, consulta pública para simplificar transferencias, y el recordatorio de que el efectivo sigue creciendo. Bien. Pero insuficiente. México no necesita únicamente pagos más intuitivos; necesita un entorno donde el crédito productivo crezca sin miedo y donde la inversión no se detenga por incertidumbre regulatoria.
Y llegamos a infraestructura: el tema que todos aplauden porque suena grande, pero que se cae cuando le pides detalle. Aquí sí hubo algo más que discurso, pero también quedó expuesto el mismo talón de Aquiles: hay capital, falta proyecto. Se habló de un programa 2026–2030 por 5.6 billones de pesos. Se habló de coinversión con CFE por 16 mil millones de dólares, de los cuales 11 mil vendrían de privados. Se habló de FIBRA-E para monetizar flujos sin privatizar activos, y hasta de una emisión internacional de 725 millones de dólares con sobredemanda. Todo eso suena a que “sí se puede”.
Y entonces llegó el golpe de realidad: el problema no es el dinero; es la certidumbre y la bancabilidad. No basta con anunciar billones si no hay proyectos con dientes: estructuras de deuda y capital, garantías, retornos claros, plazos, asignación de riesgos, permisos, reglas y estabilidad regulatoria. En resumen: si quieres crédito a infraestructura, tienes que entregar proyectos invertibles, no presentaciones bonitas.
Eso fue, en el fondo, la fotografía completa del México económico del segundo piso: Hacienda pide crédito como si fuera favor, Banxico administra riesgos como si el mercado adivinara, e infraestructura avanza en discurso mientras el capital exige lo básico: reglas claras. Y sin reglas claras, la banca no presta más, los fondos no se casan, y las pymes siguen siendo el “corazón” del empleo… pero sin oxígeno financiero.
La corcholata mayor puede seguir repitiendo que “vamos muy bien”, pero si su equipo económico llega con mensajes tan débiles, lo que están confirmando es lo contrario: el país no está corto de diagnósticos, está corto de decisiones. Y sin decisiones, el crédito no se expande, la inversión no despega y el crecimiento se queda donde lleva años: mediocre.
“Así, así los tiempos estelares del segundo piso, de la transformación de cuarta.”
✒️ El apunte incómodo
Nunca antes se había sentido tan literal aquella estrofa: “…vende caro tu amor, aventurera…”. Y aplica perfecto para el Verde y el PT, que un día sí y otro también le coquetean a Palacio, se desmarcan, se rebelan y luego regresan a la mesa… siempre y cuando el “amor” se pague bien. Porque eso es lo que está pasando con el famoso Plan B electoral: no es que de pronto descubrieran principios democráticos; es que ya entendieron el riesgo existencial. Si el Plan B se aprueba sin estar hecho a su medida, ellos desaparecen o quedan reducidos a adorno. Y nadie se inmola gratis.
Lo más divertido —en sentido trágico— es ver a Morena desnudado en su peor habilidad: no saben negociar. No saben hacer política. Solo saben gritar, desacreditar y agredir. Y ese lenguaje bronco, tosco, de “o conmigo o contra mí”, lo único que ha producido es ruptura y chantaje mutuo. Sus aliados ya aprendieron la lección: si Morena no concede por convicción, concede por presión. Entonces venden caro su amor… y estiran la liga.
Y aquí se confirma lo que dije una vez y lo repito las que sean necesarias: Andrés es Morena y Morena es Andrés. Uno no existe sin el otro. Pero como el nuevo morador de Palenque está cómodamente agasapado allá, sin posibilidades —por ahora— de regresar, Morena se queda sin pegamento, sin disciplina y sin relato unificador. Por eso los nervios ya se notan: desde Palacio hasta Palenque. El Plan B no solo es una ruta electoral; es un intento de control interno. Y cuando un movimiento necesita controlar a los suyos con reformas, es porque ya perdió el control por resultados.
Y por cierto, hay una curiosidad que ya ni sorprende: no es la oposición la que está marcando agenda en esta reforma. Porque ojo: hoy no hay oposición en la partidocracia. Los que de verdad traen a Morena sudando frío no son sus adversarios… son sus “aliados”, esos que —como la canción— siempre cobran por quedarse.




