21 de octubre de 2026

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Los escándalos más grandes alrededor del mundial

La organización de la Copa del Mundo 2026 enfrenta este 14 de mayo de 2026 una serie de cuestionamientos institucionales que abarcan desde procesos de licitación hasta la gestión logística de un torneo expandido.

La Copa del Mundo siempre se vende como una fiesta global del futbol, pero basta revisar su historia para recordar que el balón rara vez rueda solo. Detrás de cada estadio lleno, cada ceremonia inaugural y cada discurso sobre unidad, también han aparecido acusaciones de corrupción, abusos laborales, protestas sociales, manipulación política, errores arbitrales y crisis organizativas. El Mundial emociona, sí, pero también tiene una notable habilidad para atraer escándalos con la misma facilidad con la que algunos defensas atraen tarjetas amarillas.

El Mundial de 2026, que se celebrará en México, Estados Unidos y Canadá, llega con una dimensión inédita: será el primero con 48 selecciones y 104 partidos. Esa ampliación convierte al torneo en el más grande en la historia de la FIFA, pero también eleva los riesgos logísticos, migratorios, comerciales y de seguridad. No se trata solo de organizar partidos; se trata de mover selecciones, aficionados, prensa, patrocinadores y operaciones completas entre tres países con leyes, fronteras y realidades políticas distintas.

Entre los principales focos de tensión rumbo a 2026 destacan:

  • visas y restricciones migratorias, especialmente para aficionados y delegaciones provenientes de países sujetos a mayores controles de entrada a Estados Unidos;
  • venta y reventa de boletos, con la necesidad de reforzar canales oficiales para evitar fraudes;
  • derechos humanos y libertades civiles, señalados por organizaciones internacionales como un tema pendiente para los tres países anfitriones;
  • seguridad en estadios y zonas de concentración, por el volumen de aficionados esperado;
  • calor extremo, principalmente en sedes de Estados Unidos y México durante el verano;
  • presión sobre transporte, hospedaje y servicios urbanos, especialmente en ciudades que recibirán varios partidos.

La administración estadounidense ya suspendió ciertos requisitos de fianza de visa para aficionados de algunos países clasificados, una medida que buscó aliviar parte de la presión migratoria antes del torneo. Sin embargo, el tema no quedó cerrado: las restricciones de viaje, los controles fronterizos y los procesos de acreditación siguen siendo una preocupación para federaciones, prensa y aficionados internacionales.

El boletaje es otro punto sensible. La FIFA ha insistido en que su portal oficial es la vía recomendada para adquirir entradas y también habilitó un sistema oficial de reventa e intercambio. La advertencia no es menor: cada Mundial produce una economía paralela donde aparecen páginas falsas, revendedores abusivos y aficionados que descubren demasiado tarde que compraron humo digital a precio de final.

A estos riesgos se suma el debate por derechos humanos. Amnistía Internacional y Human Rights Watch han pedido mayores garantías para trabajadores, aficionados, periodistas, migrantes y comunidades locales durante el torneo. Las críticas se concentran en temas como vigilancia, libertad de expresión, trato a migrantes, seguridad pública y protección laboral.

Pero los escándalos no son nuevos. La Copa del Mundo tiene un largo expediente, y algunos de sus capítulos más polémicos siguen marcando la memoria del torneo.

Entre los casos históricos más recordados aparecen:

  • Argentina 1978: el Mundial se jugó bajo una dictadura militar acusada de graves violaciones a los derechos humanos. El torneo fue utilizado como herramienta de propaganda política, mientras organismos internacionales denunciaban represión, desapariciones y censura.
  • Italia 1990 y Estados Unidos 1994: aunque menos envueltos en grandes crisis institucionales, dejaron debates sobre sedes, seguridad, comercialización del torneo y el crecimiento del Mundial como producto global.
  • Corea-Japón 2002: los arbitrajes en partidos de eliminación directa, especialmente los de Corea del Sur ante Italia y España, siguen siendo recordados como algunos de los más polémicos en la historia mundialista. No hubo una comprobación formal de arreglo, pero el debate deportivo nunca desapareció.
  • Alemania 2006: años después del torneo surgieron investigaciones y señalamientos sobre presuntos pagos relacionados con la obtención de la sede, lo que dañó la imagen de una edición que había sido considerada ejemplar en lo organizativo.
  • Sudáfrica 2010: el torneo fue histórico por ser el primero en África, pero también quedó ligado a investigaciones posteriores sobre corrupción dentro de la FIFA y presuntos pagos irregulares vinculados con procesos de elección de sedes.
  • Brasil 2014: las protestas sociales marcaron la previa del torneo. Miles de ciudadanos cuestionaron el gasto público en estadios mientras el país enfrentaba deficiencias en salud, transporte, educación y servicios básicos. Reuters documentó choques entre policía y manifestantes al inicio del torneo.
  • Rusia 2018 y Qatar 2022: ambas sedes quedaron bajo la sombra de investigaciones por corrupción en los procesos de adjudicación. En el caso de Qatar, además, se sumaron denuncias internacionales por condiciones laborales de trabajadores migrantes y restricciones a derechos civiles.

El escándalo más profundo, sin embargo, fue el que golpeó directamente a la FIFA en 2015. La investigación judicial por sobornos y corrupción involucró a más de dos docenas de funcionarios y asociados, y expuso una red de enriquecimiento que afectó la credibilidad del organismo rector del futbol mundial.

El problema es que el Mundial funciona como vitrina deportiva, pero también como negocio gigantesco. Cada sede implica contratos de construcción, seguridad, transporte, patrocinio, televisión, tecnología, hospedaje y turismo. Donde hay miles de millones de dólares, suele aparecer la fauna completa: funcionarios iluminados, empresarios oportunistas, comités opacos y uno que otro dirigente convencido de que la ética es una recomendación decorativa.

Para 2026, la FIFA y los comités organizadores tienen el reto de evitar que el torneo más grande de la historia se convierta también en el más vulnerable. La ampliación a 48 selecciones puede democratizar la competencia, pero también exige una operación mucho más precisa. El Mundial ya no cabe en un solo país ni en una narrativa simple: ahora depende de fronteras, aeropuertos, plataformas digitales, seguridad pública, derechos humanos y capacidad urbana.

La pelota empezará a rodar el 11 de junio, pero los partidos más delicados ya se están jugando fuera de la cancha. En los escritorios, en las aduanas, en los tribunales, en las plataformas de boletaje y en las calles de las ciudades sede se definirá si el Mundial 2026 será recordado por sus goles o por sus tropiezos.

Porque la Copa del Mundo siempre promete unir al planeta durante un mes. El detalle incómodo es que, antes de unirlo, suele exhibir todas sus grietas.

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