23 de septiembre de 2026

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Plan México promete billones, pero la inversión sigue débil

Plan México ofrece portafolios millonarios, metas ambiciosas y trámites exprés, pero la inversión real sigue sin mostrar un despegue convincente.

El problema de fondo para Plan México no es la falta de anuncios, sino la distancia entre el tamaño de las promesas y la debilidad de los datos reales. La estrategia oficial nació con metas ambiciosas: mantener la inversión arriba de 25% del PIB a partir de 2026 y llevarla por encima de 28% en 2030, además de generar 1.5 millones de empleos adicionales en manufactura especializada y sectores estratégicos. En paralelo, el Gobierno presentó un portafolio inicial de 277 mil millones de dólares y el propio micrositio del plan ya habla de una cartera de 298,061 millones de dólares.

A esa narrativa se sumó, en febrero, un plan de inversión en infraestructura para 2026-2030 por 5.6 billones de pesos, con más de 1,500 proyectos y una promesa de elevar este año la inversión pública en más de 722 mil millones de pesos, equivalente a alrededor de 2% del PIB. Sobre el papel, el mensaje es potente: un Estado que busca acelerar obra pública, apalancar capital privado y convertir la relocalización en crecimiento. El problema es que, fuera del discurso, la economía todavía no enseña una respuesta proporcional a esa magnitud.

La evidencia más dura está en la inversión fija. INEGI reportó que en febrero de 2026 la formación bruta de capital fijo cayó 0.8% mensual y 3.6% anual en cifras desestacionalizadas. El golpe más fuerte estuvo en maquinaria y equipo, con una baja de 2.3% mensual y 9.1% anual. En cifras originales, la inversión total retrocedió 4.2% anual, la inversión privada cayó 5.4% y la de maquinaria y equipo se hundió 9.7%. Es decir, el componente más ligado a expansión productiva y decisiones empresariales sigue retrocediendo justo cuando el plan promete una nueva ola inversora.

La propia coyuntura macroeconómica tampoco ayuda. Reuters reportó que la economía mexicana se contrajo 0.8% trimestral en el primer trimestre de 2026, con caídas en todos los grandes sectores. El dato confirma que el país no está discutiendo cómo acelerar una expansión robusta, sino cómo responder a una economía que llegó debilitada al arranque del año. Si el crecimiento ya venía perdiendo tracción y la inversión productiva sigue bajando, el reto de convertir anuncios en gasto efectivo es mucho mayor.

Consciente de esa brecha, el gobierno intentó corregir el enfoque en mayo con un paquete para acelerar proyectos. Las nuevas medidas incluyen autorización inmediata para ciertas inversiones, una Ventanilla Única de Trámites de Comercio Exterior, simplificación regulatoria ante Cofepris y acuerdos para dar mayor certidumbre fiscal. Para proyectos prioritarios o estratégicos, el plazo prometido es de hasta 90 días; para otros, la lógica es reducir de manera importante los tiempos de aprobación. En términos políticos, el mensaje es claro: si la inversión no despega sola, se intentará destrabar por decreto.

Pero ahí aparece la pregunta incómoda. Un cuello de botella regulatorio sí puede frenar proyectos, pero no explica por sí solo por qué la inversión en maquinaria sigue tan débil o por qué la economía llegó a un trimestre contractivo. El propio debate reciente sobre México apunta a factores más profundos: bajo crecimiento, menor impulso del gasto, incertidumbre comercial y menor apetito empresarial. Incluso S&P advirtió esta semana que la incertidumbre alrededor de la renegociación comercial con Estados Unidos debilita el sentimiento de inversión, al mismo tiempo que el bajo crecimiento, el gasto rígido y la carga de Pemex y CFE erosionan la flexibilidad fiscal.

Visto así, Plan México hoy opera en dos planos distintos. En el plano del anuncio, ofrece cifras enormes, una narrativa industrial ambiciosa y un catálogo de trámites rápidos. En el plano de la economía observada, en cambio, la inversión sigue bajando, la actividad se enfrió y las empresas todavía no muestran un viraje claro hacia un nuevo ciclo expansivo. El plan puede ser un marco útil para ordenar prioridades y acelerar expedientes; lo que aún no demuestra es capacidad para convertir billones prometidos en inversión realmente ejecutada. Y en economía, esa diferencia es la que separa un programa atractivo de un motor de crecimiento verdadero

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