Hay una pregunta que muchos padres y madres nos hacemos en la edad escolar de nuestros hijos: “¿Realmente necesitamos hablar de sexualidad siendo nuestros hijos todavía niños?”. La pregunta es legítima, pues como padres creemos que son muy inocentes, queremos evitar que la información los vuelva prematuros y tener señales claras que nos indiquen que ya están listos para hablar del tema, por ejemplo, si ellos mismos nos preguntan al respecto.
Pero quizá debamos hacernos otra pregunta: “¿qué ocurre si nosotros no hablamos con ellos?”
Nuestros hijos no crecen en un vacío. Vivimos en un entorno sociocultural en que constantemente reciben información de sus amigos, de las redes sociales, series, videos, videojuegos, de internet y la publicidad que está en todos lados y, en no pocas ocasiones, de contenidos para adultos que ni siquiera estaban buscando. Por eso, educar en sexualidad no significa adelantar la vida sexual de los niños. Significa proporcionarles, progresivamente y de acuerdo con su edad, las herramientas para comprender su cuerpo, sus emociones, sus relaciones y la responsabilidad que implica crecer.
La Organización Mundial de la Salud señala que una educación sexual de calidad debe ser gradual, científicamente rigurosa y apropiada para cada edad. No significa enseñar a los niños a usar un preservativo para tener relaciones sexuales: significa ayudarlos a conocer su cuerpo, comprender sus emociones, establecer límites frente a situaciones incómodas que ellos no consienten y reconocer situaciones de abuso para saber pedir ayuda.
Existe la preocupación frecuente entre los padres, acerca de si hablar de sexualidad los hará comenzar su vida sexual antes de tiempo. La evidencia disponible indica lo contrario. La educación sexual de calidad no aumenta la actividad sexual ni adelanta su inicio; por el contrario, diversos estudios revisados por la UNESCO[1] encuentran que a mayor conocimiento, menor conducta de riesgo y, en determinados contextos, un inicio sexual más tardío.
Por eso, la educación sexual primaria no debería reducirse meramente a explicar órganos reproductivos. Un niño de seis años necesita aprender que su cuerpo merece respeto; uno de ocho puede comprender que la pubertad traerá cambios; uno de diez puede conocer la menstruación, la espermarquia y la reproducción; y un niño que se acerca a la adolescencia necesita comenzar a reflexionar sobre la afectividad, decisiones prudentes, resistir a la presión social, el daño de la pornografía, las comparaciones en redes sociales, el respeto y la responsabilidad en sus relaciones.
Pero hay algo todavía más importante: la educación sexual no puede ser únicamente información biológica y sociocultural. Los niños necesitan aprender que su cuerpo es digno por formar parte de quiénes son, con el que pueden dar cariño, actuar, poner y respetar límites. Tenemos la oportunidad de integrar ciencia y formación humanista. Tenemos el privilegio de ser los primeros en transmitirles los valores y creencias que nos vuelven personas íntegras. Y enseñar con rigor cómo funciona el cuerpo, al tiempo que presentar una visión de la persona fundada en su dignidad, en su capacidad de amar, su libertad, titular de derechos, abierta a las diferencias de los demás y a la vida.
La educación sexual tampoco debería delegarse a lo que les enseñen en la escuela. Esta no sustituye a los padres, puesto que los padres somos los primeros y principales educadores de nuestros hijos. De hecho, los programas escolares tienen mayor impacto cuando cuentan con la participación y el acompañamiento de las familias.
Por eso, educar la sexualidad es, más allá de que nuestros hijos tengan la información adecuada, fomentar la confianza para que se atrevan a hablar con nosotros sobre ella. Una pequeña charla de manera periódica, y pedir retroalimentación de manera relajada para abrirle las puertas al diálogo: “¿Qué aprendiste hoy? ¿Hubo algo que te sorprendió? ¿Hay algo que quieras preguntarme?”
No necesitamos tener todas las respuestas. Necesitamos estar disponibles. Acompañarlos para que puedan crecer hablando con naturalidad del tema y con mayor capacidad para cuidarse y cuidar a los demás.
Por lo tanto, la educación sexual comienza mucho antes de la primera relación sexual. Comienza cuando un niño aprende que su cuerpo tiene valor, que merece respeto, que puede decir “no”, que puede pedir ayuda y que puede hablar con sus padres sin miedo ni vergüenza.
Porque sí o sí, nuestros hijos van a aprender sobre sexualidad. La cuestión es, ¿quién queremos que los acompañe cuando lo hagan?
[1] Comprehensive sexuality education, UNESCO. Disponible en: https://www.unesco.org/en/health-education/cse?hl=en-US&utm



