La discusión interna que llevó a Banco de México a recortar la tasa de interés a 6.50% dejó una conclusión central: el banco vio una economía claramente más débil, un peso fuerte y una postura monetaria todavía restrictiva, pero no un frente inflacionario plenamente resuelto. Por eso la decisión no fue unánime. La mayoría optó por bajar 25 puntos base y dar por concluido el ciclo de recortes iniciado en marzo de 2024, mientras dos integrantes consideraron que el entorno seguía siendo demasiado incierto como para aflojar más la postura.
La lectura del entorno internacional pesó mucho en la discusión. La Junta evaluó que el conflicto en Medio Oriente elevó la incertidumbre global, golpeó las perspectivas de crecimiento y volvió a poner presión sobre los energéticos. En la mesa apareció con claridad el riesgo de petróleo cerca de 100 dólares por barril, mayores costos logísticos, fertilizantes más caros y posibles efectos sobre alimentos y cadenas de suministro. Aun así, también se discutió que parte del shock podría ser transitorio si el conflicto no se prolonga demasiado y si el comercio energético recupera cierta normalidad hacia el cierre del año. El punto relevante es que Banxico no vio un entorno externo estabilizado, sino uno todavía frágil, volátil y con riesgos en ambos sentidos para inflación y actividad.
Pero el argumento decisivo para la mayoría no vino de fuera, sino de dentro. La economía mexicana mostró una debilidad mayor a la anticipada. En la reunión se tomó como referencia una contracción trimestral de alrededor de 0.77% en el primer trimestre de 2026, claramente peor de lo esperado. La caída fue generalizada: industria débil, manufacturas deterioradas —especialmente por el bajo dinamismo automotriz—, servicios perdiendo tracción y actividades primarias retrocediendo por segundo trimestre consecutivo. La discusión también subrayó el desgaste de la demanda interna: el consumo privado acumuló una contracción de 2.1% desde diciembre y la inversión siguió cayendo, sobre todo en maquinaria y equipo. La señal fue clara: el aparato productivo está operando por debajo de su capacidad y la holgura de la economía se amplió.
El mercado laboral reforzó esa lectura. La Junta observó bajo crecimiento del empleo afiliado al IMSS, ligero repunte del desempleo, menor participación laboral y una informalidad por arriba del promedio del año pasado. También se señaló que los salarios reales siguen creciendo, pero ya con una moderación visible. Para la mayoría, este enfriamiento del mercado laboral era consistente con una economía sin presiones de demanda relevantes sobre los precios.
Del lado inflacionario, el panorama fue menos cómodo. Entre la primera quincena de marzo y abril, la inflación general bajó de 4.63% a 4.45%, y la subyacente de 4.46% a 4.26%. Eso dio algo de espacio. Sin embargo, dentro de la discusión se insistió en que la inflación de servicios sigue mostrando persistencia, moviéndose alrededor de 4.5% desde hace muchos meses, con presiones en vivienda, educación y alimentos fuera del hogar. Además, varios miembros resaltaron que la inflación general reciente ha estado muy influida por choques concentrados en pocos productos, particularmente el jitomate. También se reconoció que no hay evidencia de efectos de segundo orden ni por los cambios en impuestos al inicio del año ni por los aranceles, pero sí un entorno donde los choques de oferta se han ido superponiendo.
La mayoría juzgó que esos riesgos inflacionarios seguían contenidos por varios factores: una mayor holgura económica, la apreciación del peso y el rezago con el que aún opera la restricción monetaria acumulada en años previos. Bajo esa lógica, recortar a 6.50% no significaba pasar a una postura laxa, sino hacer un ajuste fino dentro de una posición que todavía consideraban restrictiva. Además, el mensaje hacia delante fue muy claro: el recorte de mayo debía verse como el último del ciclo y, salvo sorpresas mayores, el nivel actual de la tasa sería el apropiado para enfrentar los riesgos que vienen.
Ahí apareció la fractura interna. Galia Borja y Jonathan Heath votaron por mantener la tasa en 6.75%. Ambos consideraron que el margen para seguir recortando era prácticamente nulo. Su argumento fue que la inflación subyacente, especialmente la de servicios, sigue demasiado persistente; que la postura monetaria ya se encontraba en terreno neutral; que la incertidumbre global aumentó con la guerra en Medio Oriente; y que una pausa prolongada habría permitido evaluar mejor si la desinflación realmente iba a consolidarse. En otras palabras, para los disidentes el problema no era solo la inflación actual, sino el riesgo de recortar antes de tener evidencia más contundente de convergencia.
La minuta, así, dejó una señal doble. Por un lado, Banxico reconoció que la economía mexicana se debilitó lo suficiente como para justificar un último recorte. Por otro, dejó claro que la batalla contra la inflación no está ganada y que el espacio para relajar más la política monetaria se agotó. La tasa bajó, sí, pero el mensaje de fondo no fue acomodaticio. Fue más bien el de un banco central que ve una economía enfriándose, una inflación todavía incómoda y un entorno global demasiado inestable como para jugar de más con el margen que le queda.



