La balanza de pagos de México arrancó 2026 con una mezcla que obliga a leer más allá del dato superficial. Por un lado, el país siguió captando recursos del exterior, elevó sus reservas y mantuvo un flujo importante de remesas. Por el otro, la cuenta corriente registró un déficit de 15 mil 878 millones de dólares en el primer trimestre, mayor al de 13 mil 338 millones observado en el mismo periodo de 2025. Es decir, México siguió financiándose, sí, pero con una posición externa más presionada que hace un año.
La primera precisión importante es que el déficit no se disparó como proporción del tamaño de la economía. En el primer trimestre representó 3.1% del PIB, prácticamente el mismo nivel que un año antes, cuando fue de 3.2%. Eso significa que no estamos frente a una ruptura abrupta del equilibrio externo. Pero tampoco conviene minimizar el deterioro, porque sí hubo un ensanchamiento del faltante en dólares y ese movimiento estuvo impulsado por rubros que merecen atención.
El mayor agujero vino de tres frentes. El primero fue la balanza petrolera. El déficit de mercancías petroleras se amplió a 6 mil 611 millones de dólares, un deterioro importante frente a los 4 mil 999 millones del mismo trimestre del año pasado. El segundo fue la balanza de servicios, cuyo déficit pasó de apenas 95 millones a mil 367 millones de dólares. El tercero fue el ingreso primario, que registró un saldo negativo de 28 mil 63 millones, superior al de 27 mil 203 millones de un año antes.
Ese último componente suele ser menos visible en la conversación pública, pero es fundamental. Ahí se registran, entre otras cosas, utilidades, dividendos e intereses pagados al exterior. En el primer trimestre, los débitos por ingreso primario sumaron 34 mil 207 millones de dólares, con un peso especialmente grande de utilidades y dividendos, que alcanzaron 27 mil 239 millones. Es decir, una parte relevante de la presión externa proviene del retorno que las inversiones ya hechas en México generan hacia afuera. Eso explica por qué se puede presumir un buen dato de inversión extranjera directa y, al mismo tiempo, observar un déficit elevado en ingreso primario: son dos caras de la misma integración financiera.
La parte que ayudó a compensar ese desequilibrio fue, sobre todo, la balanza no petrolera y el ingreso secundario. La balanza de mercancías no petroleras registró un superávit de 5 mil 599 millones de dólares, por encima de los 4 mil 730 millones del año previo. Y el ingreso secundario mostró un superávit de 14 mil 592 millones, apoyado principalmente por remesas por 14 mil 698 millones de dólares, un aumento anual de 2.2%. No es un crecimiento espectacular, pero sí suficiente para mantener a las remesas como uno de los amortiguadores más importantes del frente externo mexicano.
En mercancías, el país exportó 175 mil 586 millones de dólares e importó 176 mil 598 millones, dejando un déficit de mil 12 millones. La lectura aquí también es mixta. Las exportaciones siguen en niveles elevados, pero no alcanzaron para compensar el mayor costo petrolero y el deterioro de otros rubros. Por eso el balance externo luce más frágil que el titular de comercio total podría sugerir.
Ahora bien, la otra mitad de la historia está en cómo se financió este déficit. La cuenta financiera mostró un endeudamiento neto de 13 mil 145 millones de dólares, lo que implicó entrada de recursos. En ese flujo destacó la inversión directa, con 21 mil 544 millones, y la inversión de cartera, con 6 mil 409 millones. Además, los activos de reserva aumentaron en 11 mil 358 millones de dólares. En otras palabras, pese al entorno internacional incierto y al conflicto geopolítico en Medio Oriente, México siguió atrayendo capital y fortaleciendo su posición de reservas.
Ese punto no es menor. El país no solo tuvo un déficit externo más amplio; también mostró capacidad de financiamiento. Y eso cambia la lectura. Un déficit de cuenta corriente puede ser una señal de vulnerabilidad cuando no hay quién lo financie o cuando depende de flujos inestables. En este caso, la economía mexicana siguió captando inversión directa y de cartera, lo que evitó una lectura de tensión inmediata.
Aun así, el reporte deja una advertencia útil. La fortaleza de la balanza no petrolera, las remesas y la inversión extranjera no alcanzan para borrar que el componente petrolero sigue siendo una carga, que los servicios se deterioraron y que la salida de utilidades e intereses permanece muy elevada. México está logrando financiar su déficit externo, pero no necesariamente corregir sus desequilibrios de fondo.
La conclusión es bastante clara: el frente externo mexicano arrancó 2026 con capacidad de atracción de capital, sí, pero también con una estructura más exigida. Mientras las remesas y la inversión sostienen el balance, petróleo, servicios y pago de rentas al exterior siguen abriendo el faltante. No es una crisis. Pero tampoco es una fotografía completamente cómoda.



